PLAN DE VIDA. Tu proyecto de vida

Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona



10. Recapitulación.

Programa de Vida
No bastan las ilusiones, es necesario
una voluntad firme.
Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

Es bueno detenernos un poco y hacer un resumen de lo que hemos hablado hasta este momento. Espero que al mismo tiempo que has leído todos estos artículos también los hayas ido poniendo en práctica. Tú bien sabemos que lo aquí expuesto no es simplemente para contemplarse, sino para ser llevado a la práctica de cada día. Ojalá que antes de seguir adelante con este programa de crecimiento interior puedas detenerte por un momento para hacer un balance de lo ya adquirido. ¿He mejorado? ¿Reconozco en mí al hombre y la mujer que Dios quiere de mí? ¿Vislumbro ya algunas cosas buenas? ¿En qué he cambiado más? ¿Qué me falta por cambiar? ¿Qué me cuesta más del cambio que debo hacer?

Preguntas sencillas, pero que están en cierto modo desordenadas. Vamos a tratar de ir haciendo un resumen y así lograr un orden en nuestra recapitulación.

Comenzamos estos artículos buscando la imagen que Dios había puesto en nosotros mismos, sabiendo que al alcanzar esa imagen conseguiríamos nuestra felicidad. Nos dimos cuenta que si no tengo clara esa imagen de lo que Dios quiere de mi vida la rutina de la vida, las distracciones y tentaciones del mundo pueden ir borrando esa imagen y entonces ponemos todos nuestros afanes en cosas que no nos dan una verdadera felicidad. Por lo tanto, y este sería el primer momento de nuestra recapitulación, habría que revisar con cuánta frescura recuerdo el ideal al que debo llegar. Y más que frescura yo te propondría que revisaras con cuánta ilusión recuerdas y tienes presente el ideal al que quieres llegar. Los atletas cuando se preparan a una competencia muy importante, deben realizar un entrenamiento duro y pesado: largas horas de gimnasio, ejercicios que parecen no tener fin, jornadas agotadoras que comienzan en la mañana y terminan ya muy entrada la tarde, una alimentación en la que no hay nada de antojos. ¿Y todo por qué? Por que se tiene en mente el triunfo, la competencia, el siguiente torneo, la próxima Olimpíada. El atleta cada día mide su avance, compara sus músculos en el espejo con aquella imagen ideal que él se ha formado. Y no nos vayamos muy lejos. Cuántas mujeres y hombres que sin ser atletas al saberse que están un poco pasados de peso se ponen a régimen. La dieta de la luna, la dieta anti-grasa, la dieta basada en aminoácidos o carbohidratos, la dieta de ensaladas y frutas. ¿Y todo por qué? Porque se tiene en mente una figura con cinco, diez o quince kilos menos. Y esa imagen es la que les hace aguantarse las ganas de comer un pastel de chocolate con crema chantillí o una malteada de fresa.

La lucha del espíritu requiere también una gran fortaleza. Somos hombres y mujeres, con nuestras tendencias a lo fácil, lo menos pesado. Podemos disfrutar la felicidad pasajera y pensar que esa es la verdadera felicidad. Entonces hipotecamos nuestra felicidad eterna por un momento de esta felicidad terrena. Y así, pensamos que la felicidad plena y total está en la posesión de bienes, en el poder, en la capacidad de hacer que se haga lo que yo quiero en todo momento y frente a todas las personas. Es necesario por tanto, tener siempre presente el ideal que Dios ha pensado para nosotros y no el ideal que nosotros nos hemos forjado.

Este ideal ya debería haber quedado plasmado en tu programa de reforma de vida, en tu programa de crecimiento interior. NO basta simple y sencillamente con querer las cosas, con imaginarnos las cosas, con tener buenos deseos. Si no te fijas un programa, una guía y un calendario, ya te podrás imaginar que al cabo de un mes, a lo más dos meses y medio, volverás otra vez a ser el mismo o la misma que antes. ¿Qué habrá pasado? Simple y sencillamente que no te fijaste pautas certeras y claras para tu trabajo espiritual. Lo dejaste todo a la ilusión, a las buenas intenciones al “yo hubiera querido” o “cuánto me gustaría ser un hombre o una mujer nueva”. Programa, guía y calendario. Qué voy a hacer, cómo lo voy a hacer y cuándo lo voy a hacer. Todo esto plasmado, ya lo hemos repetido varias veces. En tu programa de reforma de vida.


Y ese programa de reforma de vida debe tener dos cualidades primordiales: ser capaz de enfrentarte a tu defecto dominante y darte una gran fuerza, ilusión y motivación espiritual. Si faltan algunos de estos dos ingredientes, el programa estará cojo y tarde o temprano caerá por tierra. Si no te ayuda a ver de frente a tu defecto dominante corre el peligro de convertirse en un programa “muy bonito”, “muy piadoso”. Te ayudará a pasar mejor esta vida, a acercarte más a Dios, no hay duda de esa, pero dudo mucho que seas eficaz en tu labor de irte transformando poco a poco en ese hombre y mujer que Dios siempre ha pensado de ti. No estará luchando por nada concreto, solamente por sentirte bien espiritualmente, pero ¿te estarás transformando en un nuevo Cristo que el mundo necesita? Permíteme decirte que lo dudo mucho.

Si a tu programa de reforma de vida le falta la ilusión, la energía espiritual que todos los días debe hacerte brincar y lanzarte hacia nuevas conquistas, pequeñas pero duraderas, podrá convertirse en un martirio. No con esto quiero decir que no haya lucha y que no haya sacrificio. ¿Qué se puede conseguir en la vida que sea bueno y duradero que no cueste trabajo? Lo que intento decir es que si no hay en tu programa una ilusión por avanzar, por ser mejor cada día, sin ese elemento de ilusión muy pronto podrás caer en un defecto que hace de las almas llamadas a alcanzar grandes metas, unas almas que se debaten en la mediocridad. Me refiero al defecto de la rutina. Hacemos las cosas, porque debemos hacerlas. Hacemos las cosas porque es bueno mantenernos en gracia de Dios y así alcanzar la vida eterna. Hacemos las cosas porque tenemos miedo a Dios que nos puede castigar y lanzar a los infiernos. Hacemos las cosas, porque no sabemos hacer otras cosas diferentes. ¡Qué pena es cuando un alma ha perdido esa lozanía, esa frescura de la que hablábamos al principio de este capítulo! Se parecen a aquellas personas que van por la vida, como zombis, como autómatas, actuando como robots, sin ver más allá de un horizonte gris e igual para todos los días. Con un poco de ilusión, teniendo la meta cercana a su corazón la vida espiritual puede ser no solamente interesante, sino apasionante: buscar siempre nuevas metas, nuevos horizontes.

Hemos visto también que junto con la ilusión y las metas claras y bien definidas, debe darse una voluntad bien formada. No bastan las ilusiones, es necesario una voluntad firme que te ayude a alcanzar tus metas espirituales. ¿Recuerdas los ejercicios que te aconseje para alcanzar esa fuerza de tu voluntad? De vez en cuando es bueno recordarlos, ¿no crees? Además, conforme se avanza en la vida espiritual las metas pueden hacerse más difíciles y es entonces cuando requerimos de una mayor fuerza de voluntad.

Por último hemos aprendido a quitar esos abrojos y espinos de nuestro corazón a través de la purificación interior. Con nuestra confesión bien llevada podemos estar seguros de hacer ese “servicio de mantenimiento” cada vez que sea necesario y así tener nuestro corazón siempre en regla, siempre en orden.

Si te has dado cuenta, la recapitulación hecha hasta ahora nos ha servido para darnos una idea del lugar en donde nos encontramos. Aún nos falta un poco de camino.
Regresar a: ¿Cómo hacer un programa de vida?
Preguntas o comentarios al autor
Germán Sánchez Griese









9. ¿Cómo combatir tu defecto dominante?
Programa de Vida
Saber cuál es el enemigo que debes vencer.
Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net
El camino de la santidad

En este momento te preguntarás: ¿qué voy a hacer con mi defecto dominante? Lo primero que debes hacer es felicitarte. Sí, felicitarte porque te has conocido un poco más a ti mismo. Si haz elegido ser mejor católico, luchar por alcanzar la santidad de vida a la cual todos estamos llamados, entonces ¡felicidades! Ya sabes por donde enfocar todas tus baterías, ya sabes cuál es el enemigo que debes vencer: tu soberbia o tu sensualidad.


San Agustín, ese gran pensador y filósofo, hombre de su tiempo y de todos los tiempos, nos ha dejado una frase que viene muy al caso ahora que estamos por iniciar el camino de nuestra santidad. Él decía “Conócete, acéptate, supérate”. Y es lo que vamos a seguir en nuestras vidas. Conocernos en lo más íntimo de nuestro ser. Y esto lo hemos logrado revisándonos día tras día, sin afán de aparentar nada, siendo muy sinceros con nosotros mismos y llegando a la realidad de nuestra vida: yo soy un soberbio o soberbia del tamaño del mundo. O bien, aceptar que en lo que se refiere a la sensualidad no hay quien me gane. Debes aceptar esta realidad si quieres seguir adelante. Fíjate bien que San Agustín dice aceptar. Él no dice debes resignarte. Porque entre aceptar y resignarse hay una diferencia muy grande. Resignarse es reconocerse como soy y creer que ya no se puede cambiar. “He tratado tantas veces de ser paciente, especialmente con mi suegra... pero ya me conozco, no puedo cambiar. Es algo superior a mis fuerzas”. “No me digan que es posible que yo deje de ser un donjuán. Por favor, eso ni ustedes mismos se lo creen”. Estas personas que así hablan, en lo profundo de su ser se han resignado a ser como son. No se han aceptado. Porque aceptarse es reconocer lo que uno es y estar dispuesto a cambiar, a transformarse a ser otro, a convertirse en un mejor católico. “Yo acepto que me cuesta mucho guardar la castidad en mi noviazgo”. “Yo acepto que no es fácil vivir siempre con la sonrisa en la boca, tratando de comprende el carácter tan cambiante de mi esposa”. Es una postura muy diversa el aceptar que el resignarse.


Una vez que hemos aceptado lo que somos y que queremos cambiarlo para ser mejores, entonces viene la superación, el trabajo constante y continuo para alcanzar la santidad. Pero no corramos prisas y no nos adelantemos. Estamos aún dando los primeros pasos en nuestro camino de santidad, en nuestro camino de conversión. ¿Qué tenemos que hacer ahora?

No basta con reconocer mi defecto dominante. Reconocerlo es como describir las características de una persona: alto o bajo, gordo o flaco, pelo castaño o rubio, ojos verdes o azules. Es necesario ahora armarnos de valor para conocer las manifestaciones de mi defecto dominante y poner los medios para combatirlo.

Tu vida es batalla 

Ahora viene la hora de la verdad. Toma tu defecto dominante, la soberbia o la sensualidad y escribe en forma clara y detallada las principales manifestaciones con las que ese defecto dominante se presenta en tu vida. El éxito, la clave, el punto central de tu camino a la santidad está aquí, así es que ¡mucha atención, por favor! Debes bajar a puntos específicos y muy concretos. No basta con decir: “Mi defecto dominante es la soberbia porque soy muy iracundo y me enojo muy seguido”. Si lo escribes de esa forma, no vas a ir muy lejos en tu camino a la santidad. Debes escribir con toda precisión esa manifestación de soberbia: “Mi defecto dominante es la soberbia porque cada vez que alguien me contradice me pongo furioso y arrojo por el suelo todas las figuras de porcelana que encuentro a mi alrededor”. Quizás exageramos un poco, pero tú no debes exagerar. Debes ser muy preciso para detectar esas manifestaciones de tu defecto dominante.

Debes ir a lo esencial y no perderte en generalidades. “Mi defecto dominante es la sensualidad porque todas las tardes pierdo el tiempo con mis amigas hablando por teléfono durante una hora y media”. “Mi defecto dominante es la sensualidad porque en el internet busco siempre sitios de cibersexo”. “Mi defecto dominante es la soberbia porque yo soy el que fijo el plan del fin de semana sin escuchar el parecer de mi esposa o de mis hijos”.

Date cuenta que mientras más preciso seas en bajar al detalle en las manifestaciones de tu defecto dominante, tendrás más armas para combatirlo. Porque ahora debes iniciar el trabajo positivo, es decir, lanzarte a la conquista de la santidad, combatiendo cada una de las manifestaciones que has escrito.


Te recomiendo ahora que estás iniciando este camino de santidad que te limites a escribir cuatro o cinco manifestaciones de tu defecto dominante, no más. Y por cada manifestación de tu defecto dominante deberás escribir un medio concreta para combatirlo. Aquí tienes que ser muy sincero y muy valiente. Debes ir a la raíz del problema, recordando las palabras de Jesucristo en el evangelio: “Si tu ojo te es causa de escándalo, arráncatelo...” Aquí vamos a ir al fondo, sin piedad. Proponte aquellos medios que más te convengan para erradicar el defecto.

Pueden ser medios sobrenaturales y medios prácticos. Medios sobrenaturales como la oración, para pedirle paciencia y pureza a Dios. Rezar un misterio del rosario todos los días para pedirle a la Virgen que te dé el don de la paciencia. Comulgar uno o dos días entre semana para vencer la pereza. Y luego están los medios prácticos. Pero por favor, que sean muy prácticos: “No voy a hablar con mis amigas por teléfono más de media hora”. “Sólo voy a usar el internet para contestar el correo electrónico y siempre lo voy a usar en presencia de algún familiar en mi casa”. “Los jueves voy a consultar a mi esposa qué haremos en familia ese fin de semana”.

Sirve en cualquier época del año y no hay vacaciones...
Porque el diablo tampoco se toma vacaciones.

Escribe los medios sobrenaturales y los medios prácticos en una lista y también y haz una lista de forma que puedas revisarlos todos los días y llevar el control de cada uno de ellos, colocando una señal positiva si has cumplido o una señal negativa si has fallado. Así al final del mes podrás darte cuenta cómo vas trabajando en tu camino por alcanzar la santidad.

Para ayudarte a vivir con mayor motivación este programa de vida espiritual puedes encontrar un lema que te ayude en cada momento a recordar los medios que te has propuesto. El lema es como un grito de guerra, corto, sencillo que para ti puede tener un gran significado y lo puedes usar en los momentos en que se te presenta la tentación de caer en el pecado. Si llegando a tu casa abres la puerta y te das cuenta que acaba de llegar tu suegra y que lo más fácil sería darle un beso y helado y decidir ignorarla durante tu visita, busca en tu interior de tu alma el lema y grítalo en tu corazón “Por Cristo y por las almas”. “Señor, todo por ti”. Si abres el internet y te das cuenta que en tu correo electrónico tienes una invitación para visitar un sitio no conveniente, interiormente puedes recordar tu lema: “Pureza ante todo”. Por ello, aunque parece algo sencillo, el lema es la piedra de toque que te recordará todo tu programa de vida, precisamente en los momentos de duda, de tentación, de máxima dificultad.

Piensa bien el lema pues él te traerá a la mente y al corazón todos los medios para alcanzar la santidad en el momento preciso.

Algo que también te puede ayudar es fijarte una virtud a conquistar que generalmente es lo opuesto a las manifestaciones de tu defecto dominante. Escríbela para tener siempre presente lo que quieres alcanzar.






8. La purificación interior


Programa de Vida


En la lucha por adquirir la perfección espiritual, tener muy presentes los enemigos de nuestra alma.


Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

En la lucha por adquirir la perfección espiritual, la santidad, el asemejarnos más y más con Cristo debemos tener muy presentes los enemigos de nuestra alma. Ya hemos hablado de ellos anteriormente. ¿Lo recuerdas? Mencionábamos el demonio, el mundo y nosotros mismos.

¿Qué hacer para defendernos de los enemigos del alma?

La respuesta la encontraras en los siguientes artículos:

¿Cómo nos mancha el pecado?

¿Puedo limpiar mi corazón?

Atrévete a cambiar

Cambia lo que puedas cambiar

Desarraiga tus malas costumbres

Comienza un nuevo camino

La orientación de mi vida



Regresar a: ¿Cómo hacer un programa de vida?






7. Soberbia y sensualidad


Programa de Vida



Manifestaciones de la soberbia y de la sensualidad.
 Virtudes a cultivar. 



Por: Germán Sánchez Griese | 

Fuente: Catholic.net

En este apartado encontrarás una lista de manifestaciones tanto de la soberbia como de la sensualidad que te ayudarán a detectar con mayor precisión dichas manifestaciones y a su vez se encuentran las virtudes con las que podemos vencer estas manifestaciones. Es recomendable que selecciones las manifestaciones que tienes y al final evalúes mediante el conteo de las manifestaciones, tanto de la soberbia como de la sensualidad, cual es tu defecto dominante.

Guía de ayuda para las manifestaciones de la soberbia y la sensualidad

Manifestaciones de la soberbia

Autosuficiencia: creer que me basto a mi mismo, que no necesito de Dios ni de los demás.

Autocomplacencia: estar muy satisfecho de uno mismo y por eso gloriarse de sí mismo, auto alabarse, complacerse de todo.

Altanería: Actitud despreciativa hacia los demás en palabras, gestos, miradas, ponerse al tu por tu con los demás.

Vanidad: querer aparentar lo que no se es, actuar o hablar para quedar bien, aún a costa de la verdad.

Apropiarse de los méritos ajenos: ante los éxitos ajenos, manejar las cosas de tal que modo, que parezca que el mérito es mío y así sacar yo el provecho.

Afán de singularidad: buscar ser original, especial, para presumir o llamar la atención. Querer tener privilegios o derechos que los demás no tienen.

Desaliento: desanimarse ante los propios errores o fracasos y tomar una actitud de pesimismo y de reproche.

Falta de aceptación personal: no estar conforme consigo mismo y por eso auto reprocharse, reprocharle a Dios por como se es y por ello ser inseguro (en el fondo porque se sueña con una imagen ideal que no es real o porque se compara con los demás)

Envidia: mirar con malos ojos cualidades éxitos de otros, que lleven a desanimarse o a desear un mal a otro.

Orgullo: rebeldía, querer que todo se haga como una quiere, enojo cuando se le contradice, apego al propio juicio.

Dureza de juicio: terquedad, ser necio, juzgar despreciativamente a los demás, mal interpretar sus actos.

Egoísmo: querer ser el centro y criterio de todo, interesarse solo por si mismo y por sus cosas.

Imponer el propio juicio y gustos: querer que todos aprueben, acepten y apoyen las propias opiniones, gustos, iniciativas, sin aceptar la de los demás.

Timidez: temor a fallar, a no tener éxito o a caer mal a los demás, no por eso es callado, uno no se abre a los demás.

Cavilaciones: darle muchas vueltas y vueltas a las cosa, complicándolas más de lo que son.

Suspicacia: complicar mucho las cosas, buscando siempre en las acciones, palabras o gestos de los demás, una intención secreta hacia uno de lastimar, ridiculizar, engañar, etc.

Racionalismo: querer entender todo con la razón y la lógica personal, incluso los misterios de fe, y no aceptar lo que no “entre” por ahí.

Ambición: afán de triunfar, de tener éxito, para sentirse bien con uno mismo, sentirse poderoso, mejor que los demás.

Juicios temerarios: emitir juicios negativos sobre otros, sin fundamento en la verdad.

Crítica: manifestar abiertamente fallos, errores, defectos de los demás, con intención de dejar mal a la otra persona, ante otros.

Hipocresía y fariseísmo: expresar hacia fuera sentimientos, actitudes, propósitos, etc., consciente de que no corresponde a los hechos reales.

Espíritu calculador: calcular siempre en todo los beneficios y perjuicios que se van a obtener y actuar según la convivencia. Por desconfianza en los demás, estarse siempre cuidando de que los otros no lo vayan a herir o engañar.

Arrebatar la palabra

Centralizar en sí el juego o la conversación.




Virtudes a cultivar

  • Apertura y búsqueda de Dios: apertura y valoración de los demás , reconociendo y aceptando sus cualidades opiniones, etc.
     
  • Cultivar una sana autocrítica para reconocer con realismo las propias cualidades y defectos y atribuir lo bueno a dones recibido de Dios y a mérito personal.
     
  • Apertura y llaneza, bondad en el trato con los demás, sencillez y flexibilidad.
     
  • Pureza de intención y transparencia en el obrar y actuar, ser sencillamente lo que soy.
     
  • Reconocer, aceptar y a alabar los éxitos de los demás, con objetividad y libertad interior.
     
  • Humildad para reconocerse como uno más y buscar vivir con sencillez.
     
  • Aceptar con humildad y realismo las propias limitaciones (sin agrandarlas) y tomar una actitud de lucha y superación con confianza en Dios y sano optimismo.
     
  • Cimentar la seguridad personal en el amor personal de Dios, aprender a ver con objetividad todas las cualidades personales, verse desde Dios y no desde la opinión de otros o de una imagen soñada.
     
  • Valorar con sinceridad las cualidades de los demás, sin compararse, con la libertad de espíritu.
     
  • Desprendimiento personal y flexibilidad para abrirse a lo que es diferente, a los cambios, a los demás, etc.
     
  • Apertura de mente y de espíritu para aceptar diversidad de opiniones y criterios. Bondad de corazón para comprender a los demás. Juzgar siempre por el lado positivo.
     
  • Caridad y generosidad, apertura e interés sincero por los demás, sus gestos, necesidades, estar en actitud de entrega y servicio.
     
  • Desprendimiento personal y actitud de escucha para acoger iniciativas, opiniones, con disposiciones de adaptarse a los demás.
     
  • Apertura sencilla y seguridad personal. Ser lo que se es, sin cuestionar la opinión de los demás.
     
  • Visión objetiva de las cosas, sencillez y llaneza para no complicarlas.
     
  • Confianza en los demás, sencillez y seguridad personal.
     
  • Fe y espíritu sobrenatural. Humildad para aceptar la limitación humana de la razón.
     
  • Pureza de intención. Humildad para enriquecer a los demás. Buscar beneficios para otros y no solo para uno mismo.
     
  • Hablar sólo de los hechos de los que se conozca con certeza la verdad objetiva e informarse siempre bien antes de emitir un juicio.
     
  • Aprender a silenciar los errores ajenos y saber descubrir y alabar las cualidades o virtudes y saber defender a los demás cuando se presencia una crítica.
     
  • Autenticidad y transparencia en el hablar y en el obrar.
     
  • Sencillez y generosidad. Confianza en los demás, apertura sencilla y llana.


Manifestaciones de la sensualidad:

Comodidad: buscar siempre lo más fácil, lo que implique menos esfuerzo y por ello hacer las cosa a medias.

Pereza: dejarse llevar por la apatía, perder mucho el tiempo sin hacer nada, hacer el mínimo esfuerzo posible en todo.

Irresponsabilidad: no cumplir con el deber, los encargos o compromisos, con la puntualidad y totalidad que se debe, por apatía o despiste despiste.

Falta de disciplina: vivir según el sentimiento o impulso del momento, sin someterse nunca a un horario o a una orden.
Inconstancia: ser incapaz de mantener fiel a unos propósitos, o a unos compromisos contraídos.

Divagación de la mente: vivir con la mente dispersa, pensando en mil cosas sin concentrarse en lo que se está haciendo.

Huída del sacrificio: huir y sacarle la vuelta a todo lo que cueste o exija desprendimiento personal.

Sentimentalismo: vivir al vaivén de los sentimientos dejándose manejar por ellos. Ver siempre las cosas a través del sentimiento del momento, sin objetividad.

Sensiblería: valorar las cosas sólo en la medida en que producen sentimientos bonitos, sin buscar los sólidos, lo consciente.

Castillos en el aire: vivir siempre como evasión, en posibles sueños y deseos irreales, buscando en ello compensación o satisfacción.

Curiosidad: querer saber siempre todo, estar enterada de todo leer escritos o escuchar conversaciones que no me competen.

Superficialidad: vivir sin profundizar en el verdadero sentido de la vida y de las cosas, buscando solo el disfrute y la diversión fácil. Estar muy pendiente del chisme, de las novedades, etc.

Vida de sentidos: buscar satisfacción en verlo todo, experimentarlo todo, no poder vivir sin ruido, sin el “disfrute de la vida”.

Gula: comer o beber en exceso, por puro placer, o como manifestación de insatisfacción o desfogue.

Búsqueda del placer físico: buscar todo aquello que produzca placer corporal, en posturas, en relación con los hombres o mujeres, masturbación, etc. (como compensación de algunas carencias).

Afectividad excesiva: ser exagerado en las manifestaciones y en la búsqueda de afecto de manera descontrolada y sin estabilidad.

Virtudes a cultivar
  • Cultivar el espíritu de trabajo, formar una voluntad firme, escoger siempre lo mejor no lo más fácil, ni lo más cómodo.
     
  • Cultivar un espíritu de militancia en todo, poner medios concretos para formar la voluntad mediante pequeños retos o mortificaciones. Aprovechamiento del tiempo.
     
  • Madurez para tomar con seriedad los compromisos que se tienen y sus exigencias. Formarse en el orden, poner medios concretos para acordarse de las cosas.
     
  • Imponerse un “orden de vida” tener un horario, un sistema de orden, de trabajo y de organización, evitando las improvisaciones o las apatías y desganes.
     
  • Empezar por ponerse pequeños propósitos y exigirse fidelidad a ellos, e ir incrementando la exigencia. Cumplir puntualmente las exigencias de los propios deberes y compromisos, desterrando todos los sistemas.
     
  • Disciplina mental, exigencia consciente, estar donde debo estar con los pensamientos. Formar el hábito de la concentración.
     
  • Formarme en la reciedumbre y firmeza de carácter, afrontar lo costoso, como muestra madurez y coherencia.
     
  • Ser persona de principios y actuar siempre conforme a ellos. Dominio y voluntad, para manifestarse firme y coherente a pesar de un sentimiento negativo. Aprender a juzgar los hechos con objetividad, “desde fuera”.
     
  • Madurez; juzgar las cosas, los acontecimientos, las personas, según su valor objetivo, independientemente del atractivo sensible que tenga.
     
  • Formarse en el realismo; vivir con madurez y coherencia el momento presente. Aceptar y proyectar la propia persona en el marco del realismo.
     
  • Preocuparse e interesarse únicamente de lo que realmente competa o sea de importancia personal. Mortificar los sentidos, dominio personal. Convencerse de la inutilidad y pérdida de tiempo que implica la curiosidad.
     
  • Fomentar el hábito de la reflexión profunda. Ahondar en los valores e ideales auténticos de la vida. Dar tiempo a reflexionar sobre la propia vida, el sentido que se le quiere dar. Dar respuesta a estos interrogantes y vivir coherentemente.
     
  • Descubrir el valor de la auténtica vida interior y de la solidez interior. Buscar momentos de silencio, de oración, de reflexión personal, para alimentar los ideales profundos y no dejar que se “sofoquen”.
     
  • Fomentar la voluntad y el dominio personal para ser dueños de sí, ponerse pequeños propósitos. No darle más importancia a la comida de la que tiene. Cimentar una profunda y auténtica seguridad personal y afrontar con decisión los problemas, sin buscar escapes que no solucionan nada.
     
  • Espíritu de mortificación y dominio personal, empezando con pequeñas privaciones con el fin de incrementar los valores espirituales más profundos y centrar en ellos la propia vida. Si hay carencia afectivas, profundizar en el valor del verdadero amor, en el amor de Jesús...para buscar el verdadero amor y no una mera compensación que llene momentáneamente un hueco.
     
  • Aprender a encauzar y dominar los impulsos de la afectividad. Valorar y buscar nuestras más ecuánimes e incluso “espirituales”. Poner el peso del amor en las actitudes interiores, y en la donación afectiva, en la entrega al otro y no tanto en lo externo.


Regresar a: ¿Cómo hacer un programa de vida?
Próximos puntos:


8. La purificación interior.

9.¿Cómo combatir tu defecto dominante? .

10. Recapitulación.

11. El secreto de la felicidad.

12. Perseverancia.









PLAN DE VIDA

Autor: German Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

6. La fuente del crecimiento interior

La oración y su importancia en el crecimiento de la vida interior.
Necesidad imperiosa de la oración

No es algo fácil definir la oración y muchos menos decir por qué es importante. ¿Por qué las flores necesitan del sol para vivir? ¿Por qué sin agua las flores se marchitan y pierden su hermosura?

La oración nos ayuda a centrarnos en nuestra condición de criaturas y nos da la fuerza para seguir luchando por alcanzar la meta que nos hemos propuesto en nuestro programa de reforma de vida. Nos da el aliento para seguir combatiendo nuestro defecto dominante.

Trabajar en nuestro programa de vida no es cosa fácil, especialmente si lo hacemos con seriedad y con constancia. Si comenzamos con gran fuerza, decididos a ser santos de una vez por todas, al enfrentarnos a los primeros fracasos, al darnos cuenta que no avanzamos con la rapidez con la que quisiéramos, cuando nos vemos incluso peores que antes, porque ahora somos conscientes de nuestros defectos, nos podemos desanimar.

Nuestra voluntad puede flaquear por momentos. Puede llegar hasta nosotros la tentación de dejar este trabajo espiritual. Son momentos de dificultad que fácilmente nos pueden asaltar en cualquier momento del camino.

Para estos momentos y en general, para nuestro trabajo en el combate del defecto dominante se necesita esa fuerza que constantemente nos esté empujando a luchar. Esta fuerza debe ser una luz que ilumine nuestra vida, un alto para ver hacia donde me dirijo, una fuente de energía y una guía segura y eficaz para poner en práctica mi programa de reforma de vida. Todo esto y más es la oración.

La oración no es más que un diálogo del alma con Dios y de Dios con el alma. Es un movimiento de la persona que busca a Dios y de Dios que está buscando hablar a la persona, comunicarse con ella. Debemos distinguir entre lo que es la oración y lo que son los rezos o la recitación de oraciones, incluso la lectura pausada del evangelio, de los salmos o de algún buen libro espiritual.

Rezar es repetir, recitar oraciones. Se reza el Padrenuestro, el Avemaría, el Credo. Repetimos con palabras, y deberíamos hacerlo también con el corazón, unas palabras que quieren ayudarnos a dar gracias a Dios, a pedirle su ayuda, a rendirle alabanza. Eso es rezar y eso está muy bien pues nos ayuda a que nuestra alma sintonice con Dios. Pero no es oración, como la queremos entender para nuestro programa de vida.

Leer un libro espiritual, los salmos alguna parte de la Biblia, puede también ayudarme a tener una gran tranquilidad de alma y de corazón. Puedo encontrar paz en mi conciencia.

Orar es dialogar con Dios. Platicar con él. Decía Santa Teresa de Jesús que “orar es hablar con Aquél que sabemos que nos escucha”. ¿Pero de qué vamos a platicar? La oración, insistimos, es un diálogo personal e íntimo con Dios que ilumina y robustece en el alma y en el corazón la decisión de identificarse con la razón de ser de la propia vida: la voluntad santísima de Dios. Es una renovación desde Dios que debe abarcar los criterios, los afectos, las motivaciones y las decisiones personales.

Veamos otros aspectos de la oración:

La oración es un lugar de diálogo

Un diálogo de amor

Ponerse en presencia de Dios

¿Ya podemos empezar nuestra oración?

El desarrollo de la oración

Los frutos de la oración









PLAN DE VIDA

Autor: German Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

5. La raíz de toda conversión: la humildad

La humildad es necesaria para el crecimiento en la vida espiritual

Nos hemos dado cuenta que para ser santos, para convertirnos en otro Cristo, debemos aceptar nuestra condición de criaturas: salimos de Dios, somos de Dios y regresaremos a Dios. Esta verdad, tan sencilla y que se expresa de un modo tan concreto, nos cuesta mucho trabajo vivirla. No nos gusta que nadie nos diga lo que tenemos que hacer. 

Las pasiones, que se reflejan principalmente en nuestro defecto dominante, llegan a apoderarse de tal manera de nuestra vida, que hay ocasiones en las que no sabemos quien vive en nosotros: no distinguimos ya entre nuestros propios deseos y las órdenes que nos lanza nuestras pasiones y nuestro defecto dominante. Hacemos de nuestra vida un modo para satisfacer y dar gusto a nuestro defecto dominante.

Es cierto que con nuestro programa de reforma de vida, estamos creciendo interiormente, pero mientras no tengamos una clara conciencia de que somos criaturas de Dios, de que dependemos de Él, nuestro avance será lento en el camino para adquirir la santidad. Estaremos construyendo nuestra santidad en la arena y no en roca firme, como nos sugiere el Evangelio. 

Podemos entusiasmarnos por unos días, por unas semanas, o por unos meses en este camino que hemos emprendido. Pero tarde o temprano, si en la base de este combate contra el defecto dominante no está la humildad, nos desanimaremos y dejaremos de realizar cualquier esfuerzo para seguir adelante.

¿Qué debemos hacer para ser humildes?

Toma tu evangelio y ábrelo en el capítulo 15 de San Lucas, de los versículos 11 al 31. Ahí Cristo nos relata la historia del hijo pródigo. ¿Cuántas veces hemos meditado estas parábolas? 

Ahora quiero que las leas con calma, saboreándolas y aplicándolas a tu vida, principalmente a tu programa de crecimiento interior. Detente un poco en esta frase: “Y entrando en sí mismo dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia su padre.” (Lc. 15, 17-20)

Para ser humilde debemos seguir los pasos de este hijo pródigo en ese momento, que es el momento de su conversión. Este hijo pródigo, después de desperdiciar la herencia, se da cuenta que lo ha perdido todo:¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Él, como nosotros, ha malgastado la hacienda que le ha dado su padre, que no es otra cosa que la capacidad de ser Hijo de Dios. Nosotros como criaturas nos hemos revelado frente a Dios, como los ángeles caídos (2Pe, 4) y le hemos dicho que preferimos seguir con nuestro defecto dominante que seguirlo a Él.

La humildad es reconocerse criatura de Dios. Y muchas veces criatura alejada de Dios por el pecado.

La humildad no es una lamentación de nuestra condición de pecadores que se han alejado de Dios, sino constatación de una verdad: soy hijo de Dios, soy criatura. Y como criatura que soy debo seguir las indicaciones de mi Creador. Lo que sucede es que muchas veces no sigo esas indicaciones, sino que sigo las indicaciones de mi pereza o de mi soberbia, es decir, de mi defecto dominante.

Muchos autores espirituales de nuestros días han expresado esta idea con diversos simbolismos. Escuchemos a uno de ellos:

“Yo anhelo, Señor, esta santa indiferencia
que me anulará a mí mismo para fundirme en Ti.
Y poder yacer en tus manos como fiel de balanza
Para que Tú lo inclines hacia donde se te antoje.

Y como papel en blanco,
Para que en él escribas lo que quieras.
Y como agua cristalina entre tus manos,
Para que Tú la viertas en el vaso que te plazca.
Y como barro de alfarero,
Para que Tú lo moldees como te convenga.
Y como borrico de carga,
Para llevarme donde más me necesites.

Y como niño de pecho en brazos de su madre,
Para no poder ir donde Tú no vayas
Y para ir contigo siempre a dondequiera que Tú fueres.

Y como baratija en manos de un niño
Para que a tu antojo, te diviertas o me destroces...
Mas, ¡qué alta está, Dios mío,
la cumbre de esta perfección!
¡Y cómo se enredan en mis pies
los ásperos matorrales de sus senderos!”

Esta es la cumbre de la perfección a la que estamos llamados: como criaturas de Dios depender en todo de Él, sabiendo que sólo en Él se encuentra la felicidad. Lo que sucede es que tratamos de llenar esa felicidad con mil y un sucedáneos: cosas materiales, afectos, sentimientos, ansias de poder y todo lo que nos proponen nuestras pasiones a través de nuestro defecto dominante.

Pero ser humilde no es buscar en el exterior las cosas que nos hagan ser más humildes. Humilde no es el que vive arrumbado en un rincón, lejos de la vista de todos, con la mirada siempre agachada, temeroso de que lo vean. Esa puede ser una caricatura de la humildad y esconder ahí una gran soberbia. Humilde es el que se reconoce como hijo de Dios y basándose en ese reconocimiento acepta las condiciones de esa filiación, acepta las condiciones de la amistad con Cristo. Que esas condiciones le piden aceptar una enfermedad, o un malestar físico pasajero... pues las acepta gozoso porque es humilde y se sabe que es lo que Dios quiere de Él en ese momento. Que a su esposo le ha ido bien en el negocio y pueden disfrutar de un fin de semana extra o comprarse un vestido nuevo, pues lo acepta por que en esos momentos es la voluntad de Dios y no lo anda presumiendo entre sus amigas. Que uno de sus hijos está pasando por un mal momento y necesita quizás un poco más de comprensión y cercanía... como es humilde sabe renunciar quizás a una tarde de dominó con los amigos y decide invitar a ese hijo o hija a cenar, a tomar un café y platicar con él o con ella, a estar cerca de él. Que en la Universidad me han ofrecido el plan de irme de vacaciones de Semana Santa a una playa de ensueño, pero sé que también podría dedicar ese tiempo para catequizar a comunidades que pocas o raras veces tienen la oportunidad de escuchar la palabra de Dios... como es humilde sabe posponer los planes personales por los planes de Dios.

No podemos dar un recetario mágico ni una casuística pormenorizada de los casos en que se vive la humildad. Debemos partir de la base que cada uno debe reconocerse como hijo de Dios para aceptar las condiciones de esta filiación y de esta amistad. Esto requiere mucha reflexión. Mucho dominio de sí mismo y mucha valentía. La humildad es una virtud para almas fuertes, para almas que quieren ser santos y no para almas apoquinadas que se conforman con “ir tirando más o menos” en su vida de cristianos.

Tienes la meta que es tu conversión, tu santidad. Tienes los medios que son tu programa de reforma de vida, tu programa de crecimiento interior. Tienes el motor motivación-orden, que es tu fuerza de voluntad. Pero si no tienes la base que es la humildad para reconocer lo que eres, en donde te encuentras y hacia donde quieres llegar, no podrás avanzar mucho en tu camino hacia la santidad.

Para ser humilde debes reconocerte en todo momento como hijo o hija de Dios. Y cuando fallas, aceptar esas fallas como un alejamiento de lo que Dios quiere de ti. Eso lo veremos en el siguiente artículo, cuando hablemos de las fallas en tu condición de criatura. Te dejo con unas claves de la humildad que te ayudarán a vivir cada día tu condición de criatura. No son fáciles de leer, porque no son fáciles de vivir, pero bien vale la pena hacer el esfuerzo.

Estas claves te recordarán a cada momento lo que debes ser. A veces parecerán duras, pero en realidad llevan una gran sabiduría espiritual. Intenta vivir una cada día. Verás como al final de un tiempo tú mismo acabarás por no reconocerte. Empezarás a ser verdaderamente una criatura de Dios: hijo de Dios y hermano de Jesucristo.

Las claves de la humildad.

Librame Jesús del deseo de ser:

Estimado 
Amado
Proclamado
Ensalzado
Alabado
Preferido
Consultado
Aprobado
Justipreciado

Librame Jesús del temor de ser:

Humillado
Despreciado
Despedido
Rechazado
Calumniado
Olvidado
Ridiculizado
Injuriado
Sospechoso

Librame Jesús del disgusto de que no se siga mi opinión

Jesús, que los demás:
Sean más amados que yo
Sean preferidos a mí
Crezcan en la opinión del mundo y yo disminuya.
Sean llamados a ocupar cargos y yo relegado al olvido
Sean alabados y nadie se preocupe de mí
Sean preferidos a mí en todo.

Regresar a: ¿Cómo hacer un programa de vida?










Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona
PLAN DE VIDA. Tu proyecto de vida
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net
4. El camino de la conversión
Dios me quiere de un modo muy preciso en cada uno de los lugares en donde me muevo.
No sé si has sido capaz de llegar a este punto de tu programa de crecimiento interior. No se trata sencillamente de haber llegado leyendo hasta aquí, sino de haber llegado viviendo todo lo que hemos comentado hasta este punto. Te invito a hacer un pequeño balance de lo vivido hasta ahora, a través del siguiente cuestionario. Es cierto que muchas veces nos da miedo revisarnos. No hay que tener miedo. Estos auto-exámenes no se califican por un maestro. Aunque, escribiendo esto he pensado que he mentido. Realmente si reciben una calificación y esta calificación la da uno de los jueces más rigurosos de toda la historia: nuestra propia conciencia.
Anímate, deja que tu conciencia sea la que califique el cuestionario.
Cuestionario.
1. ¿He cumplido con mi programa de crecimiento interior?
Sí____ No____
¿Por qué?
2. ¿Qué resultados prácticos, tangibles he obtenido con mi programa de crecimiento interior?
3. ¿Ya tengo hecho mi horario personal?
Sí____ No____
¿Por qué?
4. ¿Cumplí alguno de los tips de la formación de la voluntad?
Sí____ No____¿Por qué?
¿Cómo han influido esos “tips” en mi conversión interior?
5. ¿Qué medios concretos voy a seguir poniendo para aprovechar mejor este curso de “Luces?”

¿Qué calificación obtuviste? Lo importante no es la calificación, sino las actitudes que has venido desarrollando a partir del momento en que has comenzado tu programa de crecimiento interior, que no es otra cosa que tu programa de conversión. Y es que quizás, lo más difícil de aceptar en nuestro camino de conversión es constatar que no somos lo que deberíamos de ser. Y esto, que suena un poco a trabalenguas, no es un trabalenguas sino una de las verdades dela vida espiritual más profundas y verdaderas: no somos lo que estamos llamados a ser. Lo que deberíamos ser.

Te invito a hacer un viaje por la Biblia y a descubrir esta realidad. Toma tu Biblia en el libro del Génesis capítulo 3, versículo 8. Ahí lees lo siguiente: “Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.” Nos damos cuenta que Dios acostumbraba venir a la hora de la brisa, a platicar con el hombre, con el dueño de la creación, con aquél que es su imagen y semejanza. Lo había creado de tal forma que Dios podía verse en el hombre y el hombre a su vez podía verse en Dios. Pero después de la caída, que te invito a leer en el mismo libro del Génesis, versículos del 1 al 7, el hombre, se ha movido del lugar en que Dios lo ha dejado. Ya no está en el puesto en que Dios lo dejó, se ha movido de lugar.
Movernos del lugar donde Dios nos quiere puede encerrar la verdad de una vida alejada de Dios, hecha de acuerdo a lo que nosotros creemos que es lo verdadero y no hecha de acuerdo a lo que Dios quiere para nosotros. Nuestro defecto dominante no es ni más ni menos que esa fuerza que nos mueve del lugar en el que Dios nos quiere. Dios me quiere, por ejemplo como un esposo fiel, un padre providente y atento a las necesidades de mis hijos y un hombre honrado en mi trabajo. Ahí es dónde Dios me quiere, ésa es la forma cómo Dios me ha pensado desde toda la eternidad. Pero si “muerdo el anzuelo de la tentación” como Adán y Eva y soy un marido infiel, un padre despreocupado de la formación de sus hijos y un hombre que en negocio hace triquiñuelas disfrazadas de legitimidad, entonces dejo de ser lo que Dios ha querido para mí. Y este mismo ejemplo lo puedo aplicar a mi caso personal, como esposa, como madre, como hija, como estudiante de universidad o preparatoria.
Dios me quiere de un modo muy preciso en cada uno de los lugares en donde me muevo, con las amistades que frecuento, con las palabras que digo. Nada escapa a esa imagen que Él quiere para mí. Y que por otro lado, cumpliendo con esa imagen, seré plenamente feliz, con una felicidad semejante a la que tenían Adán y Eva en el Paraíso. Porque viviendo la vida de gracia que no es otra cosa que vivir en amistad con Dios a través de la huída del pecado mortal y venial, viviré con una felicidad plena y total.

Mi defecto dominante es esa fuerza que me lleva a dejar de ser lo que tengo que ser. Llamado a ser hijo de Dios, prefiero vivir de acuerdo a lo que yo pienso que me puede hacer más feliz. Pero al reconocer que me he equivocado, que no voy por el buen camino, estoy ya haciendo mucho en mi labor de conversión: estoy siendo humilde y la humildad es la clave de la conversión, la clave de mi crecimiento interior.
De nada me sirve cumplir con mi programa de vida si no acepto que me he desviado de lo que Dios quiere para mí. Ya lo dice Juan Pablo II en su encíclica “Redemptoris missio”, número 43: “La Iglesia y los misioneros deben dar también testimonio de humildad, ante todo en sí mismos, lo cual se traduce en la capacidad de un examen de conciencia, en el ámbito personal y comunitario, para conseguir en los propios comportamientos lo que es antievangélico y desfigura el rostro de Cristo”.
Acercarnos a este rostro de Cristo, como el mismo Juan Pablo II nos lo dice en la carta apostólica Novo Millenio Ineunte:“Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el camino ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor.” (Cfr. no. 16)
Y al contemplar el rostro de Cristo, podemos contemplar la imagen a la cual debemos tender. Ser hijos de Dios es ser hermanos de Cristo y es tenerlo a Él como modelo de vida. Nos sucede muchas veces que nos perdemos en este esfuerzo por alcanzar la santidad, por luchar contra nuestro defecto dominante, por ir adquiriendo cada día más las virtudes que debemos. Pero sucede que vamos como caminante sin guía, sin un punto fijo al que debemos arribar. Quiero ser más santo, quiero estar más cerca de Cristo. Y eso está muy bien. ¿Pero quieres parecerte a Cristo, quieres ser como Cristo? Y ante estas dos preguntas nuestras rodillas nos tiemblan, los ojos se nos saltan de asombro y la voluntad no se mueve para nada. ¿Puedo yo ser como Cristo? Es que precisamente esta es la pregunta base de nuestra conversión, de nuestro crecimiento interior, en un a palabra, de nuestra santidad.
La posibilidad de serlo nos la da el mismo Cristo: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Podemos serlo, en la medida de nuestra humanidad. Pero lo seremos en realidad en la medida de nuestra humildad. Mientras no reconozcamos que estamos alejados de Cristo, mientras no reconozcamos que estamos llamados a copiar en nuestras personas la persona y el rostro de Cristo, mientras no aceptemos que estamos alejados de Cristo, entonces no lograremos avanzar en nuestro camino de santidad y de conversión interior.
¿Qué necesito para ser santo? Reconocer lo que soy: un hijo de Dios, llamado a imitar a Cristo, pero alejado de esa imagen por el pecado y principalmente por mi defecto dominante.
¿Cómo puedo ser humilde? ¿Cómo puedo vivir sustancialmente en mi vida práctica la humildad? Esto lo veremos en nuestro siguiente artículo.
Regresar a: ¿Cómo hacer un programa de vida?
Preguntas o comentarios al autor

Germán Sánchez Griese




PLAN DE VIDA. Tu proyecto de vida

Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net
1. La clave del crecimiento interior
La fuerza de voluntad es la facultad capaz de impulsar la conducta y dirigirla hacia un objeto determinado.

Antes de continuar hablando sobre el camino de nuestra santidad, permíteme que te presente un pequeño cuestionario. No te asustes. Este no es un curso universitario y no voy a calificar tus respuestas. Tú serás quien se califique. Debes responder este cuestionario con toda sinceridad y con toda calma. No te presiones, tómate tu tiempo, no tengo prisas. Pero insisto en la sinceridad. No tengas miedo de conocerte cada día un poco más.



Programa de crecimiento interior

Cuestionario.

1. ¿Llevé a cabo el balance del día, tratando de descubrir el defecto dominante? Sí____ No____
¿Por qué?

2. ¿Descubrí mi defecto dominante? Sí____ No____
¿Por qué?

3. ¿Ya tengo hecho mi programa de crecimiento interior?
Sí____ No____
¿Por qué?

4. ¿He revisado durante todas las noches mi programa de crecimiento interior, mediante las preguntas de control?
Sí____ No____
¿Por qué?

¿Qué conclusión has sacado de las respuestas a este cuestionario? Y por favor... he hecho estas preguntas no para descorazonarte sino simplemente para que te sirvan como guía en el camino de tu santidad.


Muchas veces nos sucede que comenzamos un camino nuevo. Como en el Año Nuevo o después de asistir a unas jornadas de oración, a un retiro o asistir a un evento significativo (la muerte de un ser querido, un accidente, el nacimiento de uno de nuestros hijos). Percibimos que Dios nos pide algo más, nos damos cuenta que no podemos seguir siendo los mismos y surge en nuestro interior el deseo de alcanzar la tan anhelada santidad. Pero... más tardamos en hacer ese propósito que en comenzar a quebrantarlo. Quizás te haya sucedido lo mismo con tu programa de reforma de vida. Analizaste tu defecto dominante, apuntaste sus manifestaciones, escribiste los medios, pasa el tiempo y te das cuentas que no avanzas. ¿Qué sucede? ¿No hay ilusión por cambiar? ¿No hay “campanas” en tu interior que te muevan a ser mejor, a alcanzar las metas que te propusiste? Puede ser que tengas esa ilusión, pero lo que ha faltado es fuerza de voluntad. Nos sucede lo que Ovidio expresaba en una frase latina que ha quedado esculpida para la eternidad: “Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor.”

Es dura esta frase, pero es muy cierta. Quieres alcanzar la santidad, pero no has podido. Quieres combatir tu defecto dominante que es el que te tiene atado y no te deja ser mejor. Ves el bien, estás de acuerdo con él, pero has seguido el camino del mal, has seguido siendo el mismo, no has logrado conquistar tus ideales. Ante todo calma, “Roma no se conquistó en un día”. Estás comenzando a combatir a un enemigo que ya se había convertido en un huésped permanente de tu corazón. ¿Y pretendes deshacerte de él de la noche a la mañana? No va a ser fácil, pero no será imposible. Lo que debes hacer es revisar que tal está tu fuerza de voluntad.

 

Muchas veces sucede que vislumbramos perfectamente lo que debemos hacer para alcanzar la santidad. La fe y la razón nos lo están diciendo: “Haz esto, no hagas lo otro” Y lo hemos consignado en nuestro programa de vida espiritual. Pero nuestros sentimientos nos pueden jugar una mala pasada y cualquier eventualidad nos desmorona. Desde los cambios de clima hasta los enojos más grandes nos hacen sentir mal. En una mañana lluviosa nos cuesta más trabajo estar de buenas y ceder el paso a todos, sonriendo de oreja a oreja. Si nos dejamos guiar por los sentimientos somos como una hoja en tiempo de vendaval. En un momento podemos estar en un prado verde, lleno de flores. Pero sopla el viento y nos lleva al techo de una casa. Vuelve a soplar y nos encontramos en medio de la suciedad más grande. Si nuestra vida gira al vaivén de las circunstancias y de lo más o menos sensibles que estemos o de la forma en qué percibamos dichos factores externos, no llegaremos muy lejos.

La fuerza de voluntad no es más que la facultad capaz de impulsar la conducta y dirigirla hacia un objeto determinado, contando siempre con dos ingredientes básicos: la motivación y la ilusión.


“El hombre es su voluntad”, ha dicho Rosmini, un escritor espiritual del siglo XIX. Y es cierto. Tú eres lo que te propongas. No lo que sueñes, no lo que te imaginas, no lo que tengas ganas. Necesitas un poco de ilusión para querer alcanzar tu meta. Necesitas también la motivación suficiente para seguir siempre cuesta arriba, como decían esos versos del escritor inglés Rudyard Kipling: “Aunque vayan mal las cosas, como a veces suelen ir. Aunque ofrezca tu camino, sólo cuestas que subir. Aunque tengas poco haber, pero mucho que pagar. Un descanso, si acaso debes dar, pero nunca desistir”.

Tener fuerza de voluntad no significa el no sentir las cosas, el no tener dificultades, ser un iluso que no se da cuenta de que las cosas a veces nos cuestan especialmente en el plano de la vida espiritual. La fuerza de voluntad es una facultad, es una capacidad que tiene el hombre y la debe cultivar. No es que unos hombres hayan nacido con más o menos fuerza de voluntad que otros. Como facultad que es se desarrolla con la repetición de actos. Como la fuerza física o la agilidad. Los atletas, los deportistas no nacieron con esa masa de músculos en sus pechos o con agilidad en sus piernas. La fueron desarrollando a través de unos ejercicios muy bien pensados. Con la fuerza de voluntad nos sucede lo mismo. Tenemos que desarrollar esa fuerza de voluntad todos los días, a través de la repetición de actos, algunas veces sencillos, otras veces difíciles.

un ejemplito...

El problema radica en el hecho de que no hemos sido capaces de desarrollar al máximo nuestra fuerza de voluntad. Si pudiéramos sacar una radiografía de nuestra voluntad, ¿cómo se encontraría? No voy a someterte a otro cuestionario, pero permíteme que te dé algunas pistas. ¿Eres capaz de seguir con fidelidad un horario, desde la mañana hasta la tarde? ¿Haces ejercicio con cierta regularidad? ¿Eres capaz de no escuchar la radio cuando vas en el coche? ¿Te desesperas muchas veces en un restaurante porque no te sirven la comida como a ti te gusta? ¿Un contratiempo insignificante es capaz de arrancarte lágrimas de rabia y disgusto y dejarte postrado, amilanado, triste o enojado por el resto del día?

Mejor no seguimos con las preguntas y te dejo a continuación unos tips para fortalecer tu voluntad. Podrán parecerte tontos o ingenuos. ¿qué tiene que ver el dejar de fumar a ciertas horas con mi defecto dominante? ¿En qué se relaciona el levantarme a la primera y no quedarme acurrucado en la cama durante diez quince o veinte minutos con mi pasión dominante? Decíamos que la voluntad es una facultad. Al desarrollarla a través de esos actos, la vamos preparando para combatir con mayor fuerza nuestro defecto dominante. Así como un futbolista ejercita su resistencia su fuerza a través de un campamento en la montaña, nosotros podremos ser más eficaces cuando combatamos nuestro defecto dominante si contamos con una voluntad fuerte, decidida, pronta a vencer nuestras inclinaciones más inmediatas.

Como te decía antes, es difícil el camino, pero no imposible. Te dejo esta lista para que la practiques y la integres a tu vida. Verás como en unos días serás diferente. NO tengas miedo. Nadie ha muerto por exceso de fuerza de voluntad. Sin embargo muchos se han quedado a medias en su camino a la santidad porque no han tenido una gran voluntad.

No me extiendo más. Te dejo la lista y nos vemos en el próximo artículo... si tienes la fuerza de voluntad para seguir leyéndome.

No hace falta cuadricularse, pero algo hay que hacer. La Nada no vale nada

Tips para fortalecer tu voluntad.

1. Levántate a la primera, sin esperar a que suene dos veces el despertador.

2. No tomes alimentos entre comidas.

3. Deja de fumar durante ciertos días, o en ciertas horas.

4. No prendas el radio del coche durante ciertos días, o por lo menos después de haber conducido durante diez minutos.

5. Sé puntual en todos tus compromisos (aunque sepas que otras personas van a llegar tarde).

6. Revisa tu programa de reforma de vida todas las noches.

7. No tengas ni un minuto de ocio: habla por teléfono cuando sea necesario.

8. Propósito hecho, siempre cumplido.

9. Ten un horario en el día y no dejes nada a la improvisación.

Regresar a: ¿Cómo hacer un programa de vida?


Preguntas o comentarios al autor
Germán Sánchez Griese


Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona
PROGRAMA DE VIDA
Se le puede llamar también
 PLAN DE VIDA
y un amigo mío le llama
PLANES DE MEJORA
Hoy encontré este tema muy sugestivo. Después de haberlo leído, me ha parecido un buen artículo para empezar a tomarse la vida un poco en serio.  Comienzo estos temas del P. Germán Sánchez, que pueden interesar a muchos, que naciendo para ser águilas se ha convertido en aves de corral, como las gallinas. Franja
Autor: Germán Sánchez Griese 
Fuente: Catholic.net
¿Cómo hacer un programa de vida?
Doce pasos para hacer un programa de vida. No nos ha faltado ni buena voluntad, ni carácter. Lo que sucede es que hemos fallado en el método.
¿Cómo hacer un programa de vida?
No nos ha faltado ni buena voluntad, ni carácter. Lo que sucede es que hemos fallado en el método. Si queremos en verdad llegar a un verdadero cambio de vida, lo que necesitamos es descubrir nuestro defecto dominante, hacer un plan para atacarlo y poner manos a la obra. Esto se llama hacer un programa de vida, un verdadero programa para reformar nuestra vida y lograr ser un hombre o una mujer nueva. Es fácil, pero requiere de una técnica, de unas herramientas y de constancia en el trabajo. Un Plan  de Vida.

 espejo engañoso
Mírate en un espejo.
Sí, no tengas miedo. Hombre o mujer, joven o adolescente, ¿qué más da? Cuando tienes unos kilos de más, cuando quieres alcanzar una mejor figura, un mejor rostro, no te da pena y te miras al espejo. Ahí, frente a frente descubres lo que está bien, o eso que está mal. Y decides comenzar ¡cuánto antes, por favor! una dieta, un tratamiento de belleza o un régimen físico para estar y sentirte mejor. Y eso lo logras sólo si eres capaz de verte en el espejo y ver la realidad de las cosas.
Las maravillas de Dios en un espejo 
Con la vida del espíritu sucede lo mismo. Debes mirarte en el espejo y contemplar a un hijo o una hija de Dios. Y debes ver el contraste. Esa imagen que ves en el espejo quizás no es la imagen ideal de un hijo de Dios. Contemplas una persona que puedas estar alejada de Dios o que está en camino de acercarse a él, pero ¿qué le hace falta? Te das cuenta que estás lleno de defectos, de actitudes que no corresponden a las de un buen cristiano. Vicios que se han arraigado con el tiempo y que forman ya parte de una personalidad, pero una personalidad que se aleja del camino de Dios. ¿Qué puedes hacer?

No puedes pasarte la vida entera frente al espejo y lamentar tu situación y decir simplemente: “Eso de ser hijo de Dos no es para mí”.... Esa es la historia de muchos católicos, que llamados a una vida mejor, a una vida de verdadera santidad, se conforman con ir tirando, con no ser malos y no son capaces de lanzarse a las alturas. Se parecen un poco al polluelo de águila, que herido a la mitad del camino, lo encuentra un campesino y lo lleva a su granja. Lo mete en el corral de las gallinas y espera un poco de tiempo a que se cure. El polluelo se adapta a la vida delas gallinas, come como las gallinas, hace todo igual que las gallinas. Y en el momento en que debe levantar el vuelo a las alturas, a mirar al sol de frente, no es capaz de hacerlo, se queda en tierra picando la tierra, buscando su alimento entre lombrices y granos de trigo.

Como católicos estamos llamados a alcanzar las alturas de la santidad: ¡ser santo!.... ¿Te miras al espejo y no te reconoces como santo?

Descubre tu defecto dominante.
Si no somos santos, no te disculpes ni busques pretextos. Hay un refrán que dice “cuando los defectos se inventaron, se acabaron los tontos”. Tu mismo podrías hacerme aquí una lista de pretextos: no soy santo porque no he sido llamado a la santidad, no soy santa porque no me dan los medios, no soy santo porque me da miedo, no soy santo porque otros no me dejan ser santo. Y así la lista podría seguir al infinito..... no eres santo porque no has luchado con inteligencia para alcanzar la santidad. Fíjate muy bien que he subrayado la palabra con inteligencia. Quizás después de un retiro espiritual, de unas jornadas de oración o de un taller de vida cristiana hayas sentido ganas de ser santo, de ser mejor, de acercarte más a Cristo. Eso es muy bueno. Querer es poder, alguien ha dicho por ahí. Pero... ¿has puesto los medios? No basta simplemente con querer. Hay que poner los medios. Y uno de los medios más importantes para ser santo es descubrir tu defecto dominante y trabajar por combatirlo.

Todos tenemos defectos que debemos atacar para conseguir la santidad: Yo me enojo muy pronto y pierdo el control de mí mismo, hay quien no puede ser caritativo con los demás porque está más allá de sus propias fuerzas, los hay que se quedan a mitad del camino de la santidad porque la pereza les paraliza del todo. Eso es normal. ....

En la vida espiritual todos los defectos los podemos agrupar en dos grandes grupos: los defectos cuya raíz están en la soberbia y los defectos que tienen su raíz en la sensualidad. La soberbia no es más que sentirme yo el centro del universo, pensar que yo siempre tengo la razón y que todos deben obedecerme, creer que mi punto de vista es infalible. Algunas manifestaciones de la soberbia son: deseo de estima, vanidad, dureza de juicio, dureza en el trato con los demás, terquedad, altanería, impaciencia, autosuficiencia, desesperación, rencor, juicios, temerarios, envidia, crítica, racionalismo, respeto humano, individualismo, insinceridad, ira, temeridad en las tentaciones, apego a los cargos, desprecio de los demás, compararme con los demás, hacer distinción de las personas y no verlas a todas como hijos de Dios, vivir como si Dios no existiera haciéndolo a un lado en la propia vida, susceptibilidad, no saber escuchar, servirme de Dios y no buscar servirlo, ver a Dios más como señor y juez que como Padre y amigo.

De otro lado, tenemos los defectos cuya raíz va a la sensualidad que es poner nuestra comodidad como el valor supremo de nuestra vida. Algunas manifestaciones de sensualidad son: flojera, pérdida de tiempo, huida de todo lo que suponga sacrificio, concupiscencia de la vista y de la mente, sexualidad desordenada, excesos en el comer y en el beber, deseos desordenados de tener y de consumir, despilfarro, lecturas, conversaciones y espectáculos que fomentan la sensualidad y la vulgaridad.

Aquí tenemos los dos grandes pesos que nos impiden alcanzar la santidad: la soberbia y la sensualidad.... 
Todas las noches, antes de acostarte, haz un pequeño balance y en una hoja escribe las fallas que hayas tenido en ese día. Debes ser muy sincero y no aparentar nada a ante nadie. Sé humilde y escribe: me enojé con mi hermano, no fui lo suficientemente paciente con mi esposa, se me fueron los ojos al ver tal o cual revista, no escuché a mi compañero de trabajo, traté de imponer mi punto de vista sin escuchar a los demás.....
 Seguirás siendo como todos los humanos teniendo defectos de soberbia o de sensualidad, pero habrás descubierto que uno de ellos es el que más te aleja de Dios.
Ahora, con tu defecto dominante ya conocido, será más fácil comenzar el camino de la santidad.
Ver artículo completo:
     http://www.es.catholic.net/aprendeaorar/105/52/articulo.php?id=2998

^^^^^****^^^^
3. Para fortalecer mi voluntad.........



Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona
3. Para fortalecer mi voluntad.........


Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net
3. Para fortalecer mi voluntad.........

Existen muchos peligros que no nos dejan practicar nuestra fuerza de voluntad.
Vamos a recordar un poco la definición de la fuerza de voluntad “Es la facultad capaz de impulsar la conducta y dirigirla hacia un objeto determinado, contando con dos ingredientes básicos: la motivación y la ilusión”.

En nuestro artículo anterior dimos a conocer algunas herramientas para fortalecer nuestra voluntad. Algo así como una “gimnasia para fortalecer la voluntad”. Como toda facultad, si no se usa, puede atrofiarse. Y la voluntad también puede atrofiarse cuando no se practica. Existen muchos peligros hoy en día que no nos dejan practicar nuestra fuerza de voluntad. Vamos a explicar algunos de ellos y así estar conscientes del efecto que pueden causarnos en nuestro camino para alcanzar la santidad.


El primer enemigo de nuestra voluntad somos nosotros mismos, es decir, la falta de confianza en nosotros mismos. Al proponernos un ideal tan alto como es el de la santidad nos puede parecer un ideal tan alto que lo convertimos en una quimera, es decir en un sueño, en una idea buena, pero inalcanzable. No nos sentimos capaces de llegar nunca a nuestra meta. Nos descorazonamos antes de comenzar. Esta actitud paraliza de raíz nuestra voluntad, puesto que muy en lo interior de nosotros mismos sabemos que no vamos nunca a ser santos. No se trata de ser ingenuos y pretender alcanzar la santidad sólo con buenos deseos o en un abrir y cerrar de ojos, como tantas veces lo hemos repetido a lo largo de esta serie de artículos. Pero si desde el principio desconfiamos de nosotros mismos, nos desalentamos, entonces paralizamos automáticamente la voluntad.
¿Cómo va a ser posible que la voluntad me lleve a cumplir los propósitos de mi programa de reforma de vida, si en el fondo yo creo que no voy a conseguir nada objetivo en orden a la santidad? Y esta actitud muy bien puede tener su origen en la soberbia o en la sensualidad.

Soberbia, porque no quiero dejar de ser como soy para transformarme en lo que Dios quiere que sea. Es una soberbia muy sutil, muy “encaramelada” muy cubierta de buenas formas: “así soy yo”, “yo no he nacido para esto”, “me conformo con no hacer mal a nadie”. Y puede darse también una actitud de sensualidad porque sabemos que el cambio implica sacrificio, dejar posturas cómodas, hábitos arraigados y ante la lucha nos viene temor, dudamos, no estamos seguros de nosotros mismos.

Otro obstáculo para lograr una voluntad grande y fuerte es el formado por nuestros sentimientos. 


Nos dejamos llevar por los sentimientos de cada día. Hoy puedo haberme levantado con una gran ilusión por ser santo, pero... mi marido no se despidió de mí con un beso como siempre sueles hacerlo..., mi jefe en el trabajo me impuso unas órdenes que a mí no me corresponden cumplir..., el profesor en la clase fue injusto conmigo y me dejó más tarea que a los demás... Y cada uno de estas circunstancias nos golpean nos hieren. Eso es normal. No somos de palo y si Dios nos ha dado una sensibilidad es para enriquecer nuestro espíritu, para vibrar con las necesidades de los demás, para comprender el dolor ajeno. Los sentimientos son pasajeros: van y vienen. Pero nuestra razón debe imponerse a ellos, es más debe aprender a gobernarlos y así, puede aprovechar aquellos sentimientos positivos y rechazar los negativos. Si yo en la mañana me levanto con ganas de comerme el mundo, pero el día que está nublado y lluvioso hace que me deprima y que me quede en la cama o que salga con una cara de enfado y malestar, señal es que soy una persona que se deja llevar por los sentimientos. Si por el contrario, tengo metas claras y una voluntad forme, entonces aprovecharé ese sentimiento positivo con el que amanecí y encauzaré las ganas de comerme el mundo en forma positiva para cumplir con perfección mi deber. Y si el día está nublado pues aplicaré lo de “al mal tiempo, buena cara”. Es decir, que teniendo una voluntad firme, no me dejaré llevar por los sentimientos. Dejarme llevar por los sentimientos es soltar el timón de mi vida y dejarla al garete de las circunstancias, de los hechos, de las emociones. De esa forma el barco no puede llegar a ningún puerto.

Otro peligro que puede atacar mi voluntad, hasta el punto de paralizarla es el hedonismo. 


Tener el placer y la comodidad como el máximo valor en mi vida y por lo tanto, encauzar todo mi ser a la adquisición de aquellos bienes o circunstancias que me proporcionen mayor placer, mayor bienestar, mayor comodidad. Frente a un sacrificio que me pueda exigir mi programa de reforma de vida, si toda mi persona tiende a la ley del mínimo esfuerzo, no seré capaz de mover un solo dedo para sacrificarme y lograr la meta que me he propuesto. El hedonismo se va pegando en toda mi persona hasta tal punto que compromete mi libertad esclavizándola. ¿Te has preguntado cuántas veces has elegido lo más cómodo, lo más fácil, lo más inmediato, porque te hacía sentir bien? ¿Eres capaz de sacrificar un poco de charla insustancial con las amigas o con los amigos para dedicar ese tiempo a algún apostolado o alguna acción social en beneficio de los más necesitados? Preguntas sencillas, como las de una encuesta, pero que nos permiten conocer hasta qué punto estamos esclavizados por lo más inmediato, por lo que nos proporciona un placer pasajero.
Estos son los peligros que pueden enredar y entorpecer mi voluntad hasta llegar a atrofiarla. Con la voluntad atrofiada no podré conseguir nunca mi meta de alcanzar la santidad.


Para fortalecer mi voluntad, además de hacer esos actos voluntarios en los que yo me niego a mí mismo con el fin de ejercitar el “músculo” de la voluntad y así siempre tener flexible en cualquier momento, debo contar con un mot-or. 
Mot-or viene de la unión de dos palabras claves en la formación de mi voluntad. Mot: de motivación. Or: de orden.


Motivación. No es fácil ponernos metas en nuestras vidas. Más difícil es luchar por conseguirlas. Y muchísimo más difícil es tener constancia para adquirirlas. Si yo no estoy motivado por alcanzar esas metas, como los boxeadores “voy a tirar la toalla” a la mitad de la pelea, o.. cuando comience lo difícil de la pelea. Estar motivado no es sólo “desear” hacer las cosas. Estar motivado es quererlo alcanzar y tener siempre en mente el ideal al que queremos llegar. ¿Te acuerdas de la imagen del espejo que utilizamos al comienzo de esta serie de artículos? Bueno, pues estar motivado es tener siempre presente esa imagen, ese modelo que queremos alcanzar. Y nuestro modelo por excelencia es Cristo. Debemos, como nos invita el Papa en la Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte no. 1 aprender a “contemplar el rostro de su Esposo y Señor”. Ver a Cristo, no como alguien lejano, perdido en el pasado histórico, sino como nuestra meta. Alguien al que debemos imitar, al que debemos seguir de cerca. Viendo su rostro podremos tener la motivación necesaria para alcanzar la santidad, para no desfallecer en el camino. Si no tenemos constantemente presente ese rostro, nos desalentaremos frente a los fracasos y dejaremos de luchar por alcanzar la santidad de vida a la que estamos llamados. Ver el rostro de Cristo es revisar cada noche nuestro programa de reforma de vida, aceptar humildemente nuestras derrotas, dar gracias por los éxitos y proponernos ser mejores el día siguiente para parecernos, para convertirnos más a Cristo. Ver el rostro de Cristo y motivarnos en nuestra vida, debe ser una misma cosa.


Orden. Trabajar con orden, con método. Trabajar con nuestro programa de reforma de vida. En los negocios, en los proyectos, existe una ruta crítica que debemos seguir; un programa una guía un calendario. Los pilotos de vuelos, los capitanes de barco siguen una bitácora de viaje para llegar a tiempo y sanos y salvos a su destino. Los mejores platillos en la cocina se preparan siguiendo minuciosamente las recetas. Las tareas en la escuela se realizan siguiendo un orden. Si queremos conseguir algo estable y duradero debemos seguir un orden. Lo mismo en nuestra vida espiritual. Hay que fijarnos metas, hay que dar los pasos necesarios para adquirir esas metas. Es necesario un orden. Tu puedes fijarte en tu programa de reforma de vida las metas para cada mes. Recuerda lo que decía Tomás de Kempis en su libro “La imitación de Cristo”: “Si cada año quitáramos de nuestra vida un defecto, al final de nuestras vidas seríamos santos”. Pero para quitar un defecto cada año es necesario trabajar con orden, con constancia. “Festina lente”, despacio, que voy deprisa, decían los latinos. Tenemos prisa por ser santos, pero debemos trabajar cada día luchando por adquirir la virtud necesaria para combatir nuestro defecto dominante.


Recuerda el motor, motivación y orden en el momento de ponerte a trabajar en tu programa de reforma de vida.

Próximos puntos:

4. El camino de la conversión.
5.La raiz de toda conversión: la humildad.
6. La fuente del crecimiento interior.
7. Soberbia y sensualidad.
8. La purificación interior.
9.¿Cómo combatir tu defecto dominante? .
10. Recapitulación.
11. El secreto de la felicidad.
12. Perseverancia.


Publicar un comentario en la entrada

Quizás también le interes


Contemplar el Evangelio de hoy - homilías católicas del Evangelio del día
Contemplar el Evangelio de hoy - Suscríbase