Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona
Se acerca el mes de NOVIEMBRE,
EL MES DE LOS DIFUNTO
Artículo con imágenes de la Capilla Sixtina,
El
cielo, la muerte, el purgatorio. ¿Qué son los Novísimos?
Algunas
enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la buena costumbre de
rezar por los familiares y amigos difuntos, especialmente indicadas para
considerar en el mes de noviembre.
Opus
Dei -
El cielo, la muerte, el purgatorio.
¿Qué son los Novísimos?
Artículo con
imágenes de la Capilla Sixtina,
situada en el palacio Apostólico de la Ciudad
del Vaticano.
En
los Libros Santos se llaman Novísimos a las cosas que sucederán al hombre al
final de su vida, la muerte, el juicio, el destino eterno: el cielo o el
infierno. La Iglesia los hace presentes de modo especial durante el mes de
noviembre. A través de la liturgia, se invita a los cristianos a meditar sobre
estas realidades.
1.
¿Qué hay después de la muerte? ¿Dios juzga a cada persona por su vida?
El
Catecismo de la Iglesia católica enseña que «la muerte pone fin a la vida del
hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina
manifestada en Cristo» «Cada hombre, después de morir, recibe en su alma
inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a
Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la
bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre».
En este sentido, San Juan de la Cruz habla del juicio particular de cada como
diciendo que «a la tarde, te examinarán en el amor». Catecismo de la Iglesia
Católica, 1021-1022.
San
Josemaría
Todo
se arregla, menos la muerte... Y la muerte lo arregla todo. Surco, 878.
Cara
a la muerte, ¡sereno! Así te quiero. No con el estoicismo frío del pagano; sino
con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita.
¿Morir?... ¡Vivir! Surco, 876.
¡No
me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos
desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres. Surco, 885.
El
verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en
cada instante si lucha para vivir como hombre de Cristo, se encuentra preparado
para cumplir su deber. Surco, 875.
"Me
hizo gracia que hable usted de la 'cuenta' que le pedirá Nuestro Señor. No,
para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino
simplemente Jesús". —Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha
consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo. Camino,
168.
2.
¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?
El
cielo es "el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas
del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”. San Pablo escribe:
"Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre las cosas que
Dios ha preparado para los que le aman". (1Cor 2, 9).
Después
del juicio particular, los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están
perfectamente purificados van al cielo. Viven en Dios, lo ven tal cual es.
Están para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, gozan de su
felicidad, de su Bien, de la Verdad y de la Belleza de Dios.
Esta
vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con
Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama el
cielo. Es Cristo quien, por su muerte y Resurrección, nos ha “abierto el
cielo”. Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1,
23; 1 Ts 4,17). Los que llegan al cielo viven "en Él", aún más,
encuentran allí su verdadera identidad. Catecismo de la Iglesia católica,
1023-1026.
San
Josemaría
Mienten
los hombres cuando dicen "para siempre" en cosas temporales. Sólo es
verdad, con una verdad total, el "para siempre" de la eternidad. —Y
así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de
cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! Forja, 999.
Piensa
qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa
también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se
acaban... En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin
engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...!
Y sin empalago: te saciará sin saciar. Forja, 995.
Si
transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del
horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados —amar y
alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo—, los más brillantes intentos
se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas.
Recordad la sincera y famosa exclamación de San Agustín, que había
experimentado tantas amarguras mientras desconocía a Dios, y buscaba fuera de
El la felicidad: ¡nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está
inquieto, hasta que descanse en Ti! Amigos de Dios, 208
En
la vida espiritual, muchas veces hay que saber perder, cara a la tierra, para
ganar en el Cielo. —Así se gana siempre. Forja, 998.
3.
¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?
Los
que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente
purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su
muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en
la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de
los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.
Esta
enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la
que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este
sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del
pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la
memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el
sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan
llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las
limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.
Catecismo de la Iglesia católica, 1030-1032.
San
Josemaría
El
purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que
desean identificarse con El. Surco, 889
No
quieras hacer nada por ganar mérito, ni por miedo a las penas del purgatorio:
todo, hasta lo más pequeño, desde ahora y para siempre, empéñate en hacerlo por
dar gusto a Jesús. Forja, 1041.
"Esta
es vuestra hora y el poder de las tinieblas". —Luego, ¿el hombre pecador
tiene su hora? —Sí..., ¡y Dios su eternidad! Camino, 734.
4.
¿Existe el infierno?
Significa
permanecer separados de Él –de nuestro Creador y nuestro fin- para siempre por
nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la
comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra
infierno.
Morir
en pecado mortal, sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de
Dios es elegir este fin para siempre.
La
enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las
almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos
inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno,
"el fuego eterno". La pena principal del infierno consiste en la
separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y
la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
Jesús
habla con frecuencia de la gehenna y del fuego que nunca se apaga, reservado a
los que, hasta el fin de su vida, rehúsan creer y convertirse, y donde se puede
perder a la vez el alma y el cuerpo. La pena principal del infierno es «la
separación eterna de Dios, en quien únicamente puede tener el hombre la vida y
la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
Las
afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del
infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar
de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo
un llamamiento apremiante a la conversión:"Entrad por la puerta estrecha;
porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son
muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el
camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7,
13-14). Catecismo de la Iglesia católica, 1033-1036.
San
Josemaría
No
me olvidéis que resulta más cómodo —pero es un descamino— evitar a toda costa
el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en
esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de
ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de
que el infierno está lleno de bocas cerradas. Amigos de Dios, 161.
Un
discípulo de Cristo nunca razonará así: "yo procuro ser bueno, y los
demás, si quieren..., que se vayan al infierno". Este comportamiento no es
humano, ni es conforme con el amor de Dios, ni con la caridad que debemos al
prójimo. Forja, 952
Sólo
el infierno es castigo del pecado. La muerte y el juicio no son más que
consecuencias, que no temen quienes viven en gracia de Dios. Surco, 890.
5.
¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?
La
resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores"
(Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será "la hora en que todos
los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien
resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la
condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su gloria
acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las
naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las
ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su
izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida
eterna." (Mt 25, 31. 32.
El
Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el
día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces
Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre
toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la
creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos
admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin
último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las
injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la
muerte (cf. Ct 8, 6).
El
mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres
todavía "el tiempo favorable, el tiempo de salvación" (2 Co 6, 2). Inspira
el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia
la "bienaventurada esperanza" (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que
"vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que
hayan creído" (2 Ts 1, 10). Catecismo de la Iglesia católica, 1038-1041.
San
Josemaría
Cuando
pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo... Porque El ya
sabe que le amas..., y de qué pasta estás hecho. Si tú le buscas, te acogerá
como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle! Surco, 880.
“Conozco
a algunas y a algunos que no tienen fuerzas ni para pedir socorro”, me dices
disgustado y apenado. —No pases de largo; tu voluntad de salvarte y de
salvarles puede ser el punto de partida de su conversión. Además, si
recapacitas, advertirás que también a ti te tendieron la mano. Surco, 778.
El
mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la
debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre
espejuelo de un placer —que nada vale—, les entregues el oro fino y las perlas
y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios,
que son el precio y el tesoro de tu eternidad. Camino, 708.
Por
salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado
mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos...: ¡cuánto te
ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar! Forja, 1002.
6.
Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué
debemos esperar?
La
Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta
renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf.
Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de
"hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo
que está en la tierra" (Ef 1, 10).
Para
el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género
humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era
"como el sacramento" (LG1). Los que estén unidos a Cristo formarán la
comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios. Ya no será herida por el
pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad
terrena de los hombres. La visión beatífica de Dios será la fuente inmensa de
felicidad, de paz y de comunión mutua.
"Ignoramos
el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo
se transformará el universo.
Ciertamente,
la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que
Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la
justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que
se levantan en los corazones de los hombres"(GS 39).
"No
obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar
la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva
familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por
ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del
crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que
puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de
Dios" (GS 39). Catecismo de la Iglesia Católica, 1043-1049.
San
Josemaría
Mientras
vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló
con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.
Quien
entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo
por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que
posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una
conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del
hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Es Cristo que
pasa, 180.
En
esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la
gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a
Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a
día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de
vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras
acciones.
Cristo
nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos
de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones,
pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo
amado de Dios. Es Cristo que pasa, 126.
El
tiempo es nuestro tesoro, el "dinero" para comprar la eternidad.
Surco, 882.
*****
¿Por
qué rezar por los difuntos?
Catecismo
de la Iglesia Católica
En
la Iglesia Católica el mes de noviembre, está iluminado de modo particular por
el misterio de la comunión de los santos que se refiere a la unión y la ayuda
mutua que podemos prestarnos los cristianos: quienes aún estamos en la tierra,
los que ya seguros del cielo se purifican antes de presentarse ante Dios de los
vestigios de pecado en el purgatorio y quienes interceden por nosotros delante
de la Trinidad Santísima donde gozan ya para siempre. El cielo es el fin último
y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado
supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica, 1024).
"Hasta
que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte,
tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya
difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando
`claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es'".
Todos,
sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a
Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios.
(Catecismo, punto 954).
La
Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo
místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con
gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones
'pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean
libres de sus pecados' (Catecismo, punto 955).
Los
que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente
purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su
muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en
la alegría del cielo (Catecismo, punto 1030).
La
Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es
completamente distinta del castigo de los condenados (Catecismo, punto 1031).
Desde
los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha
ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para
que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La
Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de
penitencia en favor de los difuntos.
San
Josemaría, en Surco
“El
purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que
desean identificarse con El" (Punto 889).
“¡Qué
contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de
la vida! Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con
serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese
encuentro" (Punto 893).
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