martes, 21 de julio de 2009

Don Gilberto Gómez González, OBISPO RESIDENCIAL DE ABANCAY,


Don Gilberto Gómez González, ha sido nombrado


por S.S. el Papa, Benedicto XVI


OBISPO RESIDENCIAL DE ABANCAY,


tras la renuncia del Obispo, D. Isidro.


Hasta ahora fué, Obispo Auxiliar de Abancay.


Tenemos que encomendarle,


y mandarle ánimos, todos los que le conocemos,


porque lo necesitará mucho.


Pedimos su bendición.


Me ha respondido a la felicitación:



Gracias, don Javier. Todavía con la pena de no haberlo visto, le agradezco muchos sus oraciones y buenos deseos. Confío en la ayuda de los de arriba -nuestro Padre, don Alvaro, don Enrique- y en la de los de abajo: la Obra, esta familia diocesana y de todos los que , como usted, me quieren.
El Señor me lo bendiga.

+Gilberto

Mons. Gilberto GÓMEZ GONZÁLEZ nació en Albeos, diócesis de Tui-Vigo (ESPAÑA) el 12 de febrero de 1952. Tras los estudios secundarios, filosóficos y teológicos en el Seminario diocesano de Tui-Vigo, recibió la ordenación sacerdotal el 14 de septiembre de 1975. Ha sido vicerrector del Seminario Menor de Tui-Vigo de 1975 a 1985. Pertenece a la "Obra di Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana", y fue destinado a la diócesis de Abancay, primero como Rector del Seminario Menor diocesano (1986-1992) y párroco de Tamburco, y después como vicerrector (1992-1997) y finalmente como rector del Seminario Mayor de Abancay; contemporáneamente ha sido capellán de las Hermanas Carmelitas Descalzas de Abancay y miembro del Consejo presbiteral diocesano. Ha colaborado en la publicación del Catecismo de la Doctrina Cristiana y es autor de algunos artículos de carácter religioso y espiritual publicados en el boletín diocesano de Abancay.

En el año 2004, D. GILBERTO GOMEZ GONZÁLEZ,

fué el GANADOR DEL PREMIO MUNDIAL DE LA

FUNDACIÓN FERNANDO RIELO DE

POESÍA MÍSTICA, CON EL POEMA,

VIA LUCIS.

Y D. Guillermo Juán Morado escribe de él....


D. Gilberto, Obispo de Abancay


Entre los dones recibidos de la Providencia, estimo que uno de los más valiosos ha sido el hecho de haber tenido buenos profesores. Si vuelvo atrás y proyecto sobre mi pasado el foco de la memoria no encuentro ni un solo profesor del que guarde mal recuerdo. Incluso les he perdonado a los que se ocupaban del Dibujo o de la Educación Física, asignaturas temibles y temidas, que me recordaban, quizá sin pretenderlo, mis limitaciones, en una etapa – la infancia adulta o la adolescencia – en la que uno lo que quiere, lo que desea de verdad, es “ser”; es decir, afirmarse a sí mismo, hacerse merecedor del derecho de ciudadanía como habitante del mundo.

El recién nombrado Obispo de Abancay, D. Gilberto Gómez González, es uno de esos maestros. Creo que ingresé en el Seminario Menor de Tui a los once años, poco después de la muerte del Papa Pablo VI y del Papa Juan Pablo I. El funeral de este último Pontífice, en la Catedral de Tui, lo recuerdo con bastante nitidez. Yo no sabía muy bien quién era el Papa, pero sabía que era la cabeza visible de la congregación de los fieles cristianos fundada por Jesucristo. Es decir, sabía bastante más de lo que, en aquel entonces, podía asumir reflejamente. Existía una realidad sobrenatural, divina, en la tierra y esa realidad tenía un “jefe”, un punto visible de referencia: El Papa.

De D. Gilberto, por entonces formador y profesor del Seminario, recuerdo tres cosas. La primera, era un sacerdote muy piadoso, muy rezador, hasta un poco místico, en el mejor sentido de esta palabra tan polivalente. Cuando celebraba la Misa, después de la Comunión, se quedaba en silencio, sentado en la sede, durante un buen rato. Yo tenía la sensación de que ese hombre amaba a Dios y creía firmemente en él. El segundo rasgo se refiere a pericia con el lenguaje. Era, y es, un poeta. Heidegger decía que el hombre es “el pastor del ser”. Pues esa función de pastoreo, de cura, de cuidado, de vigilancia, la ejercen sobre todo los poetas, aquellos que trabajan con las palabras levantando, poco a poco, el edificio prodigioso del sentido. Sus clases de Lengua Española me han quedado grabadas: la lengua, la maravilla del idioma, no era un instrumento sobre el que disertar desde afuera, con una neutral distancia, sino algo que formaba parte de nosotros mismos. El tercer rasgo era su vocación de estudio. A su modo, a su manera. Un poeta no suele ser un académico. Pero D. Gilberto leía y releía obras teológicas. No sé el motivo, pero evoco en mi mente uno de los volúmenes de los “Escritos de Teología” de Karl Rahner.

Hace ya años, D. Gilberto se fue a Perú, como misionero. Nacido en 1952, en Albeos (Pontevedra), fue ordenado sacerdote en 1975 y Obispo en 2002 – Obispo auxiliar de Abancay - . Ayer mismo, 20 de Junio de 2009, Benedicto XVI lo nombró Obispo residencial de esa Diócesis. Vaya desde aquí mi reconocimiento a él y a todos los que, como él, han formado, y forman aún, parte de la urdimbre de la propia biografía. Sí, en ese conjunto de hilos, han dejado huella mis profesores y mis maestros.

Guillermo Juan Morado


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