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domingo, 15 de mayo de 2016

Sí a los deberes para casa, con perdón. J.B.Freire

Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona
Comentario personal del autor del Blog. 

Un artículo que me ha gustado y que estoy completamente de acuerdo. No se le explica muchas veces a los alumnos la necesidad de habituarse al trabajo personal, que no es solo el tiempo que están en el Colegio en horas de clase. Si no se habitúan al trabajo de los deberes, -con un poco de medida, porque no son para que los hagan los padres- no serán personas con los valores que hoy exige una sociedad más competitiva. Que nunca debe ser la de buscar el dinero fácil y con el mínimo esfuerzo. Y así nos va!!! 
Franja 

Artículos de profesores
ETIQUETAS: deberes

José Benigno Freire,

Profesor de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad 
de Navarra

Sí a los deberes para casa, con perdón

10/05/16 Publicado en Diari de Tarragona

El debate del sí o el no a los deberes para casa reaparece con cíclica y testaruda frecuencia. Sin embargo, no es algo posmoderno, no; viene de antaño, muy antaño. Mi primera noticia acerca de esta controversia se remonta a Platón y Aristóteles, discípulo y maestro. Una controversia suscitada en el contexto de una pedagogía que acentuaba la felicidad de los niños y se inscribía en el mismo sistema educativo, que diríamos hoy. Resulta curioso que aún se mantengan, a favor y en contra, los mismos argumentos de aquella antigua polémica; cambiando los decires y las circunstancias, lógicamente. Pero transitan el mismo chip razonador.

Platón sustentaba la tesis de un aprendizaje divertido y juguetón; primando ese aspecto lúdico tan connatural a la infancia. Aristóteles, sin desdecir a su maestro, defendía que se enseñara claramente la diferencia entre juego y trabajo. Una cosa es trabajar (estudiar) y otra  muy distinta jugar. Generalmente, el trabajo profesional, para cualquiera, se erige en el eje axial sobre el que girará su vida laboral, social, familiar, económica… De ahí la radical importancia de iniciarles en la seriedad y responsabilidad del trabajo, desde chiquitines. Yo soy decidido y abiertamente aristotélico.

La psicología actual demuestra, con rotunda evidencia, el valor del juego en la maduración psicosomática de la infancia, y su importancia en el proceso de socialización; sin reducirlo a un elemento meramente lúdico o a una necesidad de esparcimiento. No obstante, el juego ha de ser compatible, y complementario, con la dedicación de tiempo para consolidar el hábito del trabajo personal. El estudio, la formación, requieren impepinablemente esfuerzo personal. Necesidad que aumenta según se avanza en el nivel de estudios o de profesionalización. Incluso en las tareas más ligadas a la práctica se requiere repetir y repetir hasta lograr instaurar la destreza o habilidad requerida. En este sentido resultan paradigmáticos los estudiantes de piano: ¡cuántas horas sentados frente al teclado, y cuántas veces ensayan y ensayan la misma pieza!   

Por eso los niños han de aprender, cuanto antes, a administrar sus tiempos. Y los deberes constituyen un ejercicio eficacísimo para lograr instaurar hábitos de trabajo personal. Creo que la polémica debería variar el ángulo y no debatir acerca de su necesidad, sino sobre criterios de adecuación, proporcionalidad, progresividad… En este punto serán bien recibidas grandes dosis de sentido común, equilibrio y mesura: según la edad, nivel de estudios, horario escolar, espacio para la vida familiar y el ocio, etc. Y desterrar radicalmente dos nefastos posibles vicios: por un lado, que los deberes de los alumnos ahorren trabajo de aula a los profesores; de otro, que los padres acaben por hacerle los deberes a sus hijos.

Reitero: la finalidad principal (no exclusiva) de los deberes consiste en instaurar y consolidar la práctica del trabajo personal, imprescindible para cualquier proceso de formación. Tal vez pueda parecer una razón excesivamente simplista, pero la experiencia demuestra tercamente lo contrario. En Chile utilizan una gráfica y simpática expresión popular: la inteligencia entiende lo que la pompa aguante. Y la pompa es… !la pompa!: la parte del cuerpo que mejor se acomoda a la silla. Si prefieren lo expreso más delicadamente: sitzfleisch (calentar asiento). Se sorprenderían de la cantidad de expedientes universitarios mediocres resultado de la impotencia para aguantar en la mesa de estudio a lo largo del primer y el segundo curso…

El estudio personal, además, no se circunscribe exclusivamente para el período de formación, también se extiende a la etapa profesional. La noción de formación continua ya pertenece al acervo de lo comúnmente aceptado, cuando tres décadas atrás aparecía como algo novedoso e innovador. Desengañémonos: los trabajadores perezosillos están en su puesto de trabajo al menos ocho horas; por menos… te despiden. Un profesional competente, además de rendir el tiempo, se actualiza continuamente, y eso casi nunca se logra en el horario laboral y con toda la ayuda por parte de la institución empleadora. Siempre sucedió así, pero se agudiza en los tiempos por venir; los nuevos yacimientos de trabajo demandan personal muy cualificado y especializado. Los de formación media, corrientilla, se toparán con arduas e incomodas dificultades de empleabilidad. Ahora prima la formación cualificada, el alto nivel de competencia profesional, lo cual requiere impepinablemente –insisto- formación intensa y concienzuda.

Quizá se me cuestione por no tomar en consideración los modernos postulados de la pedagogía y la psicología que enfatizan la rentabilidad y eficiencia de la creatividad, el pensamiento intuitivo, la superdotación, el poder de la autoestima… Los asumo, y los apruebo. Sin embargo, me atengo a aquella convicción de Picasso: creo en la inspiración, pero cuando la inspiración aparezca mejor será que te encuentre trabajando…

¿Y si alguien discrepa de mi opinión? Pues retóricamente le insultaré llamándole Platón. Insulto que, en mi opinión, resulta bastante honroso…

jueves, 12 de mayo de 2016

Pentecostés. Los Dones del Espíritu Santo 2016

Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona



Los siete Dones del
 Espíritu Santo

Hasta los niños pueden comenzar a entender, 
si de esta manera se lo enseñamos.




Los DONES del Espíritu Santo son 7:
-Sabiduría: nos hace ver todas las cosas a través de Dios y nos impulsa a buscarlo sobre todas las cosas.

-Entendimiento: nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y los misterios de la fe.

-Consejo: nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.

-Fortaleza: nos alienta continuamente y nos ayuda a superar con fe las dificultades.

-Ciencia: para conocer rectamente las cosas creadas por Dios.

-Piedad: nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.

-Temor de Dios: nos induce a huir de las ocasiones de pecado para elegir siempre agradar a Dios.



Ahora para los mayores:





Dones y frutos del Espíritu Santo
Vivimos rodeados de regalos de Dios. Fue sobretodo en el momento de nuestro Bautismo cuando nuestro Padre Dios nos llenó de bienes incontables. Junto con la gracia, Dios adornó nuestra alma con las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo.



El Espíritu Santo nos inspira (Mateo 10, 19 ss; Juan 3, 8), nos enseña (Juan 14, 26), nos guía (Juan 16, 13), nos consuela (Juan 14, 16), nos santifica (Romanos 15, 16), nos vivifica (Romanos 8, 11). Por eso nuestro Señor Jesús lo llama “otro Paráclito” (Juan 14, 16), palabra griega que significa literalmente “aquél que es invocado” y, por lo tanto, abogado, mediador, defensor, consolador.

El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado “otro paráclito” porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.







El Espíritu Santo, a través de sus dones, va conformando nuestra vida según las maneras y modos propios de un hijo de Dios que se guía ahora por el querer de Dios, Su Voluntad, y no por nuestros gustos y caprichos.

Hoy le pedimos al Paráclito, nuestro Divino Santificador, que doblegue lo que es rígido en nosotros, particularmente la rigidez de la soberbia, que caliente en nosotros lo que es frío, la tibieza en el trato con Dios; que enderece lo extraviado.
La Iglesia nos invita de muchas maneras a preparar nuestra alma a la acción del Espíritu Santo. En el Catecismo nos da la relación de estos maravillosos dones:




El don de sabiduría nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestro trabajo y nuestras obligaciones.





El don de entendimiento,  nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe.




El don de consejo nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.




El don de fortaleza nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios.




El don de ciencia nos lleva a juzgar con rectitud de las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida que nos lleve a Él.




El don de piedad nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.




El don del temor de Dios nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación,  a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo,  a temer radicalmente separarnos de Aquél a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y vivir.

enlaces interesantes:

  

Fano nos deleita con sus dibujos. En este caso la Barca de Pedro y la fuerza de Dios. 
Con la fuerza del Espíritu Santo






Con motivo del mes de María, te ofrecemos para tu meditación y lectura espiritual una colección de textos del Papa Benedicto XVI sobre la devoción a la Virgen. Nos lo compartió un lector del blog de la-oración.com Aquí puedes leerlo y descargarlo.


Ven, dulce huésped del alma

El Espíritu Santo es el Gran Desconocido, pues si realmente lo conociéramos viviríamos con permanente paz en el alma.

Autor: Pa´que te salves | Fuente: Catholic.net
Dios, Nuestro Señor, es tan amoroso con todos nosotros que nos ha dado la conciencia. Esa voz de Dios que nos habla internamente. Ahí donde nada más estás tú y Dios, ahí es donde el Espíritu Santo te hablará. Sus llamadas amorosas no son con gritos, sino con suavidad. Se necesita que haya silencio para que podamos oírlo. Pero, nuestro mundo de hoy hace tanto ruido que no nos permitimos escuchar esa voz de Dios. Dejemos que Dios nos hable. Escuchemos sus gemidos de amor por nosotros. Esforcémonos por escucharle..


 Meditación y Reflexiones Cristianas: Dones y frutos del Espíritu Santo

Leamos la Secuencia de la Misa de Pentecostés, que nos dice:





Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.


Esta hermosa oración ha sido rezada por la Iglesia durante cientos de años. Ahí vemos la dulzura de Dios que, por medio del Espíritu Santo, inunda a las almas. Escuchemos una y otra vez esas hermosas palabras que decimos del Espíritu Santo, ese dulce huésped de nuestra alma.

Lo invocamos como:
Padre amoroso del pobre,  pues Él es quien se identifica con ellos, con los que más necesitan, con los que tienen hambre y sed de Dios. Por eso, Santa Teresa decía: "quien a Dios tiene, nada le falta". Ahí estaba presente el Espíritu Santo.

Luz que penetra las almas: ¡Cuántas veces vivimos en la oscuridad del pecado, de la angustia y de la tristeza! Parece que nunca se va a hacer de día. Sin embargo, si pedimos a Dios que, por medio del Espíritu Santo nos ilumine, pronto las tinieblas de nuestro corazón se llenarán de esa luz amorosa de Dios.

Don, en tus dones espléndido : Todos los dones que pueda recibir una persona, un alma, son originados por el Espíritu Santo quien, con el fuego de su amor, piensa personalmente en cada uno de nosotros.

Fuente del mayor consuelo. ¡Cuántas veces parece que estamos inconsolables porque todo lo humano está en nuestra contra!

Dificultades con los miembros de la familia, los hijos, el cónyuge; en el trabajo, en la sociedad. Nada, parece, que nos puede consolar. Sin embargo, ahí está Dios quien, por medio del Espíritu Santo está en espera para consolarnos.

Dulce huésped del alma. Sí, ese es el Espíritu Santo, ese amable, dulce y tierno visitante de nuestra alma, que habita en ella si nosotros se lo permitimos. Pero, nuestro egoísmo lo expulsa cada vez que optamos por el pecado. Dulce huésped, ¡quédate conmigo! No permitas que nada me separe de ti.

Gozo que enjuga las lágrimas  y reconforta en los duelos ¿Quién será quien nos levante el corazón cuando el dolor es fuerte? Ahí está el dulce huésped del alma, buscando consolar y dar paz en los momentos de duelo. Pero, ¿por qué no queremos escucharle?, ¿por qué nos hacemos sordos a su voz? Cuando el alma está atribulada, cansada, fatigada, ahí se presenta quien es pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. ¡Sí! Ahí está el Espíritu Santo quien ha de confortar en todo momento.

Así podríamos ir hablando del Espíritu Santo, escuchando las palabras de esta oración que la Iglesia durante cientos de años ha recitado.

Sin embargo, esta maravillosa realidad del Espíritu Santo es muy poco conocida. Por algo se suele afirmar que el Espíritu Santo es el Gran Desconocido, pues si realmente lo conociéramos viviríamos con permanente paz en el alma. Dediquemos un tiempo para conversar amorosa e íntimamente con el Espíritu Santo, amable y dulce huésped del alma.

Recordemos algunas palabras que la Iglesia, por medio del Credo, nos dice sobre el Espíritu Santo. Recordemos que es el Señor y dador de vida. Por medio de Él, Dios vivifica al mundo, nos comunica la vida y lo santifica todo.

Los siete dones del Espíritu Santo son:
1. Sabiduría
2. Inteligencia
3. Consejo
4. Fortaleza
5. Ciencia
6. Piedad
7. Santo Temor de Dios

Los frutos del Espíritu Santo nos ayudan a saborear la gloria eterna.  La tradición de la Iglesia enumera doce:

1. Caridad
2. Gozo
3. Paz
4. Paciencia
5. Generosidad
6. Bondad
7. Benignidad
8. Mansedumbre
9. Fidelidad
10. Modestia
11. Continencia
12. Castidad

El pecado mortal es el peor enemigo del Espíritu Santo, pues si lo cometemos expulsamos de nuestra alma a su dulce huésped.

No tengamos miedo de ser testigos de Dios en la sociedad, pues si contamos con el Espíritu Santo, toda dificultad será vencida, todo cansancio refrescado y cada tristeza consolada.





Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu Creador. Y renueva la faz de la Tierra. Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Amén.


Que recibáis la fuerza de lo alto para ser testigos, sin miedo, con ciencia y experiencia. 
Franja

viernes, 6 de mayo de 2016

El Papa Francisco al recibir el Premio Carlomagno 06/05/2016

Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona

Francisco \ Encuentros y Eventos
“Sueño una Europa
que promueva y proteja los derechos de cada uno”,
 el Papa al recibir el Premio Carlomagno



El Papa en la ceremonia de entrega del Premio Carlo Magno 2016, un reconocimiento asignado a personalidades que se han distinguido por sus actividades en favor de la paz y la integración europea. - RV

06/05/2016 10:39SHARE:

(RV).- El Papa Francisco recibió el Premio Carlomagno en el Vaticano. La ceremonia de premiación se llevó a cabo este viernes en la Sala Regia del Palacio Apostólico.

El Papa recibió el galardón de manos de la canciller alemana, Angela Merkel y de los presidentes de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker; del Parlamento europeo, Martin Schulz, y del Consejo de la Unión Europea, Donald Tusk.

El Premio Carlomagno es otorgado desde 1950 por la ciudad alemana de Aquisgrán, cuyo alcalde Marcel Philipp estuvo presente junto a numerosas personalidades, entre ellas, su Majestad el Rey de España, Felipe VI.

El Papa Francisco ha sido el segundo Pontífice en recibir este premio, tras san Juan Pablo II en 2004.

Al finalizar la celebración, el Obispo de Roma pronunció un denso discurso sobre Europa en el que animó a los presentes a aprovechar esta ocasión para desear juntos “un impulso nuevo y audaz para este amado Continente”.

“Sueño una Europa joven, capaz de ser todavía madre: una madre que tenga vida, porque respeta la vida y ofrece esperanza de vida”, dijo el Papa.
“Sueño una Europa que se hace cargo del niño, que como un hermano socorre al pobre y a los que vienen en busca de acogida, porque ya no tienen nada y piden refugio”, remarcó el Pontífice.
“Sueño una Europa, donde ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser humano”, pidió Francisco.
“Sueño una Europa que promueva y proteja los derechos de cada uno, sin olvidar los deberes para con todos -y concluyó- sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía”.

(Mercedes De La Torre - Radio Vaticano).
Texto y audio completo del discurso del Papa Francisco

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Ilustres señoras y señores:

Les doy mi cordial bienvenida y gracias por su presencia. Agradezco especialmente sus amables palabras a los señores Marcel Philipp, Jürgen Linden, Martin Schulz, Jean-Claude Juncker y Donald Tusk. Deseo reiterar mi intención de ofrecer a Europa el prestigioso premio con el cual he sido honrado: no hagamos un mero un gesto celebrativo, sino que aprovechemos más bien esta ocasión para desear todos juntos un impulso nuevo y audaz para este amado Continente.

La creatividad, el ingenio, la capacidad de levantarse y salir de los propios límites pertenecen al alma de Europa. En el siglo pasado, ella ha dado testimonio a la humanidad de que un nuevo comienzo era posible; después de años de trágicos enfrentamientos, que culminaron en la guerra más terrible que se recuerda, surgió, con la gracia de Dios, una novedad sin precedentes en la historia. Las cenizas de los escombros no pudieron extinguir la esperanza y la búsqueda del otro, que ardían en el corazón de los padres fundadores del proyecto europeo. Ellos pusieron los cimientos de un baluarte de la paz, de un edificio construido por Estados que no se unieron por imposición, sino por la libre elección del bien común, renunciando para siempre a enfrentarse. Europa, después de muchas divisiones, se encontró finalmente a sí misma y comenzó a construir su casa.

Esta «familia de pueblos»,  que entretanto se ha hecho de modo meritorio más amplia, en los últimos tiempos parece sentir menos suyos los muros de la casa común, tal vez levantados apartándose del clarividente proyecto diseñado por los padres. Aquella atmósfera de novedad, aquel ardiente deseo de construir la unidad, parecen estar cada vez más apagados; nosotros, los hijos de aquel sueño estamos tentados de caer en nuestros egoísmos, mirando lo que nos es útil y pensando en construir recintos particulares. Sin embargo, estoy convencido de que la resignación y el cansancio no pertenecen al alma de Europa y que también «las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad» .
En el Parlamento Europeo me permití hablar de la Europa anciana. Decía a los eurodiputados que en diferentes partes crecía la impresión general de una Europa cansada y envejecida, no fértil ni vital, donde los grandes ideales que inspiraron a Europa parecen haber perdido fuerza de atracción. Una Europa decaída que parece haber perdido su capacidad generativa y creativa. Una Europa tentada de querer asegurar y dominar espacios más que de generar procesos de inclusión y de transformación; una Europa que se va «atrincherando» en lugar de privilegiar las acciones que promueven nuevos dinamismos en la sociedad; dinamismos capaces de involucrar y poner en marcha todos los actores sociales (grupos y personas) en la búsqueda de nuevas soluciones a los problemas actuales, que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos; una Europa que, lejos de proteger espacios, se convierta en madre generadora de procesos (cf. Evangelii gaudium, 223).

¿Qué te ha sucedido Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? ¿Qué te ha pasado Europa, tierra de poetas, filósofos, artistas, músicos, escritores? ¿Qué te ha ocurrido Europa, madre de pueblos y naciones, madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida por la dignidad de sus hermanos?

El escritor Elie Wiesel, superviviente de los campos de exterminio nazis, decía que hoy en día es imprescindible realizar una «transfusión de memoria». Es necesario «hacer memoria», tomar un poco de distancia del presente para escuchar la voz de nuestros antepasados. La memoria no sólo nos permitirá que no se cometan los mismos errores del pasado (cf. Evangelii gaudium, 108), sino que nos dará acceso a aquellos logros que ayudaron a nuestros pueblos a superar positivamente las encrucijadas históricas que fueron encontrando. La transfusión de memoria nos libera de esa tendencia actual, con frecuencia más atractiva, a obtener rápidamente resultados inmediatos sobre arenas movedizas, que podrían producir «un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana» (ibíd. 224).
A este propósito, nos hará bien evocar a los padres fundadores de Europa. Ellos supieron buscar vías alternativas e innovadoras en un contexto marcado por las heridas de la guerra. Ellos tuvieron la audacia no sólo de soñar la idea de Europa, sino que osaron transformar radicalmente los modelos que únicamente provocaban violencia y destrucción. Se atrevieron a buscar soluciones multilaterales a los problemas que poco a poco se iban convirtiendo en comunes.



Robert Schuman, en el acto que muchos reconocen como el nacimiento de la primera comunidad europea, dijo: «Europa no se hará de una vez, ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho».  Precisamente ahora, en este nuestro mundo atormentado y herido, es necesario volver a aquella solidaridad de hecho, a la misma generosidad concreta que siguió al segundo conflicto mundial, porque —proseguía Schuman— «la paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan».  Los proyectos de los padres fundadores, mensajeros de la paz y profetas del futuro, no han sido superados: inspiran, hoy más que nunca, a construir puentes y derribar muros. Parecen expresar una ferviente invitación a no contentarse con retoques cosméticos o compromisos tortuosos para corregir algún que otro tratado, sino a sentar con valor bases nuevas, fuertemente arraigadas. Como afirmaba Alcide De Gasperi, «todos animados igualmente por la preocupación del bien común de nuestras patrias europeas, de nuestra patria Europa», se comience de nuevo, sin miedo un «trabajo constructivo que exige todos nuestros esfuerzos de paciente y amplia cooperación».
Esta transfusión de memoria nos permite inspirarnos en el pasado para afrontar con valentía el complejo cuadro multipolar de nuestros días, aceptando con determinación el reto de «actualizar» la idea de Europa. Una Europa capaz de dar a luz un nuevo humanismo basado en tres capacidades: la capacidad de integrar, capacidad de comunicación y la capacidad de generar.

Capacidad de integrar
Erich Przywara, en su magnífica obra La idea de Europa, nos reta a considerar la ciudad como un lugar de convivencia entre varias instancias y niveles. Él conocía la tendencia reduccionista que mora en cada intento de pensar y soñar el tejido social. La belleza arraigada en muchas de nuestras ciudades se debe a que han conseguido mantener en el tiempo las diferencias de épocas, naciones, estilos y visiones. Basta con mirar el inestimable patrimonio cultural de Roma para confirmar, una vez más, que la riqueza y el valor de un pueblo tiene precisamente sus raíces en el saber articular todos estos niveles en una sana convivencia. Los reduccionismos y todos los intentos de uniformar, lejos de generar valor, condenan a nuestra gente a una pobreza cruel: la de la exclusión. Y, más que aportar grandeza, riqueza y belleza, la exclusión provoca bajeza, pobreza y fealdad. Más que dar nobleza de espíritu, les aporta mezquindad.

Las raíces de nuestros pueblos, las raíces de Europa se fueron consolidando en el transcurso de su historia, aprendiendo a integrar en síntesis siempre nuevas las culturas más diversas y sin relación aparente entre ellas. La identidad europea es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural.

La actividad política es consciente de tener entre las manos este trabajo fundamental y que no puede ser pospuesto. Sabemos que «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas», por lo que se tendrá siempre que trabajar para «ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos» (Evangelii gaudium, 235). Estamos invitados a promover una integración que encuentra en la solidaridad el modo de hacer las cosas, el modo de construir la historia. Una solidaridad que nunca puede ser confundida con la limosna, sino como generación de oportunidades para que todos los habitantes de nuestras ciudades —y de muchas otras ciudades— puedan desarrollar su vida con dignidad. El tiempo nos enseña que no basta solamente la integración geográfica de las personas, sino que el reto es una fuerte integración cultural.

De esta manera, la comunidad de los pueblos europeos podrá vencer la tentación de replegarse sobre paradigmas unilaterales y de aventurarse en «colonizaciones ideológicas»; más bien redescubrirá la amplitud del alma europea, nacida del encuentro de civilizaciones y pueblos, más vasta que los actuales confines de la Unión y llamada a convertirse en modelo de nuevas síntesis y de diálogo. En efecto, el rostro de Europa no se distingue por oponerse a los demás, sino por llevar impresas las características de diversas culturas y la belleza de vencer todo encerramiento. Sin esta capacidad de integración, las palabras pronunciadas por Konrad Adenauer en el pasado resonarán hoy como una profecía del futuro: «El futuro de Occidente no está amenazado tanto por la tensión política, como por el peligro de la masificación, de la uniformidad de pensamiento y del sentimiento; en breve, por todo el sistema de vida, de la fuga de la responsabilidad, con la única preocupación por el propio yo».

Capacidad de diálogo
Si hay una palabra que tenemos que repetir hasta cansarnos es esta: diálogo. Estamos invitados a promover una cultura del diálogo, tratando por todos los medios de crear instancias para que esto sea posible y nos permita reconstruir el tejido social. La cultura del diálogo implica un auténtico aprendizaje, una ascesis que nos permita reconocer al otro como un interlocutor válido; que nos permita mirar al extranjero, al emigrante, al que pertenece a otra cultura como sujeto digno de ser escuchado, considerado y apreciado. Para nosotros, hoy es urgente involucrar a todos los actores sociales en la promoción de «una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones» (Evangelii gaudium, 239). La paz será duradera en la medida en que armemos a nuestros hijos con las armas del diálogo, les enseñemos la buena batalla del encuentro y la negociación. De esta manera podremos dejarles en herencia una cultura que sepa delinear estrategias no de muerte, sino de vida, no de exclusión, sino de integración.

Esta cultura de diálogo, que debería ser incluida en todos los programas escolares como un eje transversal de las disciplinas, ayudará a inculcar a las nuevas generaciones un modo diferente de resolver los conflictos al que les estamos acostumbrando. Hoy urge crear «coaliciones», no sólo militares o económicas, sino culturales, educativas, filosóficas, religiosas. Coaliciones que pongan de relieve cómo, detrás de muchos conflictos, está en juego con frecuencia el poder de grupos económicos. Coaliciones capaces de defender las personas de ser utilizadas para fines impropios. Armemos a nuestra gente con la cultura del diálogo y del encuentro.

Capacidad de generar
El diálogo, y todo lo que este implica, nos recuerda que nadie puede limitarse a ser un espectador ni un mero observador. Todos, desde el más pequeño al más grande, tienen un papel activo en la construcción de una sociedad integrada y reconciliada. Esta cultura es posible si todos participamos en su elaboración y construcción. La situación actual no permite meros observadores de las luchas ajenas. Al contrario, es un firme llamamiento a la responsabilidad personal y social.

En este sentido, nuestros jóvenes desempeñan un papel preponderante. Ellos no son el futuro de nuestros pueblos, son el presente; son los que ya hoy con sus sueños, con sus vidas, están forjando el espíritu europeo. No podemos pensar en el mañana sin ofrecerles una participación real como autores de cambio y de transformación. No podemos imaginar Europa sin hacerlos partícipes y protagonistas de este sueño.

He reflexionado últimamente sobre este aspecto, y me he preguntado: ¿Cómo podemos hacer partícipes a nuestros jóvenes de esta construcción cuando les privamos del trabajo; de empleo digno que les permita desarrollarse a través de sus manos, su inteligencia y sus energías? ¿Cómo pretendemos reconocerles el valor de protagonistas, cuando los índices de desempleo y subempleo de millones de jóvenes europeos van en aumento? ¿Cómo evitar la pérdida de nuestros jóvenes, que terminan por irse a otra parte en busca de ideales y sentido de pertenencia porque aquí, en su tierra, no sabemos ofrecerles oportunidades y valores?

«La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral».  Si queremos entender nuestra sociedad de un modo diferente, necesitamos crear puestos de trabajo digno y bien remunerado, especialmente para nuestros jóvenes.

Esto requiere la búsqueda de nuevos modelos económicos más inclusivos y equitativos, orientados no para unos pocos, sino para el beneficio de la gente y de la sociedad. Pienso, por ejemplo, en la economía social de mercado, alentada también por mis predecesores (cf. Juan Pablo II, Discurso al Embajador de la R. F. de Alemania, 8 noviembre 1990). Pasar de una economía que apunta al rédito y al beneficio, basados en la especulación y el préstamo con interés, a una economía social que invierta en las personas creando puestos de trabajo y cualificación.

Tenemos que pasar de una economía líquida, que tiende a favorecer la corrupción como medio para obtener beneficios, a una economía social que garantice el acceso a la tierra y al techo por medio del trabajo como ámbito donde las personas y las comunidades puedan poner en juego «muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la proyección del futuro, el desarrollo de capacidades, el ejercicio de los valores, la comunicación con los demás, una actitud de adoración. Por eso, en la actual realidad social mundial, más allá de los intereses limitados de las empresas y de una cuestionable racionalidad económica, es necesario que “se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo […] para todos” » (Laudato si’,127).

Si queremos mirar hacia un futuro que sea digno, si queremos un futuro de paz para nuestras sociedades, solamente podremos lograrlo apostando por la inclusión real: «esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario».  Este cambio (de una economía líquida a una economía social) no sólo dará nuevas perspectivas y oportunidades concretas de integración e inclusión, sino que nos abrirá nuevamente la capacidad de soñar aquel humanismo, del que Europa ha sido la cuna y la fuente.

La Iglesia puede y debe ayudar al renacer de una Europa cansada, pero todavía rica de energías y de potencialidades. Su tarea coincide con su misión: el anuncio del Evangelio, que hoy más que nunca se traduce principalmente en salir al encuentro de las heridas del hombre, llevando la presencia fuerte y sencilla de Jesús, su misericordia que consuela y anima. Dios desea habitar entre los hombres, pero puede hacerlo solamente a través de hombres y mujeres que, al igual que los grandes evangelizadores del continente, estén tocados por él y vivan el Evangelio sin buscar otras cosas. Sólo una Iglesia rica en testigos podrá llevar de nuevo el agua pura del Evangelio a las raíces de Europa. En esto, el camino de los cristianos hacia la unidad plena es un gran signo de los tiempos, y también la exigencia urgente de responder al Señor «para que todos sean uno» (Jn 17,21).

Con la mente y el corazón, con esperanza y sin vana nostalgia, como un hijo que encuentra en la madre Europa sus raíces de vida y fe,
 sueño un nuevo humanismo europeo, «un proceso constante de humanización», para el que hace falta «memoria, valor y una sana y humana utopía». 
Sueño una Europa joven, capaz de ser todavía madre: una madre que tenga vida, porque respeta la vida y ofrece esperanza de vida. 
Sueño una Europa que se hace cargo del niño, que como un hermano socorre al pobre y a los que vienen en busca de acogida, porque ya no tienen nada y piden refugio. 
Sueño una Europa que escucha y valora a los enfermos y a los ancianos, para que no sean reducidos a objetos improductivos de descarte. 
Sueño una Europa, donde ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser humano. 
Sueño una Europa donde los jóvenes respiren el aire limpio de la honestidad, amen la belleza de la cultura y de una vida sencilla, no contaminada por las infinitas necesidades del consumismo; donde casarse y tener hijos sea una responsabilidad y una gran alegría, y no un problema debido a la falta de un trabajo suficientemente estable. 
Sueño una Europa de las familias, con políticas realmente eficaces, centradas en los rostros más que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento de los bienes. 
Sueño una Europa que promueva y proteja los derechos de cada uno, sin olvidar los deberes para con todos. Sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía. Gracias.


P.D. 
Vale la pena leer este discurso del Papa. 
Franja

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