sábado, 4 de diciembre de 2010

Domingo II de Adviento (Ciclo A)

ME HA PARECIDO MUY BUENO ESTE COMENTARIO 
PARA EL DOMINGO II DE ADVIENTO

La penitencia y el desierto



por Guillermo Juan Morado
Cura-Párroco de SAN PABLO DE VIGO 

Homilía para el II Domingo de Adviento (Ciclo A)
Textos: Is 11,1-10; Sal 71; Rm 15,4-9; Mt 3,1-12.

La figura profética de Juan Bautista se presenta en el desierto de Judea (cf Mt 3,1). El desierto no es la meta definitiva, sino una etapa de tránsito, un territorio que hay que atravesar para vivir en la tierra prometida. Igualmente es un escenario que, por sí mismo, invita a la conversión, a recordar que el hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (cf Mt 4,4). Desde esta perspectiva, el desierto es un marco adecuado para escuchar a Dios.

Los afanes de este mundo pueden constituir un obstáculo que nos impida salir al encuentro de Cristo. La ascética persona del Bautista testimonia la necesidad de un distanciamiento interior, de un desapego de lo accidental para concentrarse en lo esencial. San Máximo de Turín comenta que Juan escogió el lugar “donde su predicación no estuviese expuesta a la murmuración de una multitud insolente o a las sonrisas de un público impío, sino donde únicamente pudieran oírle los que buscaban la palabra de Dios por ella misma”.


Alejado de una multitud propicia al descaro y a la burla de lo religioso, Juan alza la voz para predicar la penitencia, la conversión que se traduce en obras, que da frutos. Con su predicación dispone los corazones de los oyentes y, de este modo, allana los senderos que conducen al Señor. Juan es un heraldo de la gracia, pues la posibilidad de hacer penitencia es un don. Es Dios mismo quien nos prepara para poder recibirlo.


Benedicto XVI ha definido la conversión como “la llegada de la gracia que nos transforma” y ha advertido sobre la imposibilidad de silenciar la llamada a hacer penitencia: “Nosotros, los cristianos, también en los últimos tiempos, con frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que poder hacer penitencia es gracia. Y vemos que es necesario hacer penitencia, es decir, reconocer lo que en nuestra vida hay de equivocado, abrirse al perdón, prepararse al perdón, dejarse transformar” (15.IV.2010).


La penitencia interior, la conversión del corazón, impulsa a expresar, a hacer concreta esta actitud en obras de ayuno, de oración, de limosna. Como enseña el Catecismo: “La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho, por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia” (Catecismo 1435).


También la penitencia es, como el desierto, una etapa de tránsito. Su finalidad última es recibir a Cristo, el renuevo de Jesé, el Esperado de las naciones, y ser dignos de Él. Mientras tanto, debemos mantener la esperanza “mediante nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras” (Rm 15,4). Vivimos aún en el desierto y en la penitencia, pero Cristo provee, con sus sacramentos, el alimento y la bebida. En el sacramento de la confesión, perfecciona nuestra penitencia y nos abre misericordiosamente las puertas de su Reino.
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