jueves, 10 de febrero de 2011

El Vaticano prohíbe la confesión a través del Iphone :: Vaticano :: Religión Digital

Confesonario de emergencia y  de mucha afluencia. 
Primero los privilegiados porque tienen que ayudar a Misa.
Algunos no saben qué inventar para hacer publicidad de sus excentricidades. 
 Alguno dice que podremos confesarnos por internet u oír la  Santa Misa por televisión , cuando podamos comer por televisión u otro medio audiovisual. No discurren mal.
   Y con relación a la confesión, habrá que hacer como aquella penitente que, como el confesor estaba muy sordo y la obligaba a hablar más alto, decía:
 "Aprovecho la ocasión para saludar a los que me están escuchando" 
     Y en este caso, como sería de clave secreta y hay quien es capaz de entrar en esos programas o tendrán que custodiar la clave y ya no es tan secreta, tengan que dejar escrito lo mismo. "Si alguien entra en este IPHONE, por favor sea discreto, que me va en juego la vida...o el matrimonio" Todo un broma!!!. 
    Al final solo va a servir como  en los exámenes de conciencia de ciertas publicaciones piadosas, que nos ponen  unas listas de pecados posibles, para posibilitarnos hacer una buena confesión. Para eso pueden servir y nada más.
Franja.
Y ahora el enlace:


El Vaticano prohíbe la confesión a través del Iphone :: Vaticano :: Religión Digital


Lugar ordinario para confesarse
Y a propósito de confesión ahí va 
una anécdota muy interesante:
He confesado al diablo
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Estábamos en el Año Sacerdotal en honor del Santo Cura de Ars......... Con este motivo ofrecemos en el Blog una interesante aportación.

La Página W. Catholic.net tuvo la feliz idea de lanzar un concurso sobre “Anécdotas Sacerdotales”, dirigido en exclusiva a sacerdotes de todo el mundo. El resultado ha sido magnífico. Han participado en él sacerdotes de 78 países, que han aportado 820 anécdotas.

Tras una concienzuda deliberación de los 20 miembros del Jurado Internacional, fue seleccionada una de las anécdotas como la más original e interesante. La escribió el padre Manuel Julián Zapata, sacerdote de la Diócesis de Cartago en Colombia. Reproducimos a continuación lo que cuenta este sacerdote en su colaboración:
Anécdota Ganadora

HE CONFESADO AL DIABLO

De lo que viví antes de confesarlo, recuerdo lo siguiente…

Como párroco de un pequeño pueblo, frecuentemente, cada domingo, salía por las calles y aprovechaba para saludar a la gente, dejándoles una catequesis escrita, especialmente a aquellos que por diversas razones no acudían al templo.


En aquella parroquia dedicada a San José, muchos tenían una costumbre que cumplían sin falta cada domingo, como si fuera un deber. Esto era tomarse “unas frías” -así llamaban ellos a la cerveza-. Por tanto, era fácil saber dónde encontrar este tipo de “fieles”, y entre ellos estaba también él.

Cierto día, al terminar mi recorrido, se acerca una señora para preguntarme si había reconocido al “diablo”. Según ella, yo lo había saludado y él había recibido uno de los mensajes que yo repartía. Yo no había visto al “diablo”, o por lo menos no recuerdo haber visto a ninguna ni a ninguno que se le pareciera.

En otra ocasión necesitaba ir al pueblo vecino para ayudar a un hermano sacerdote, pero el coche de la parroquia se había averiado y por ello necesitaba a alguien que me transportara.

Vaya sorpresa cuando, al preguntar a algunas personas quién podría ayudarme con este servicio, inmediatamente un niño me dijo: «Padre, si gusta llamo al “diablo” para que se lo lleve». No se imaginan lo que pensé en aquel momento. Parecía una broma, pero luego acepté la propuesta y ese día lo vi por primera vez…

Por un buen rato guardé silencio, pues era la primera vez que hacía un viaje así. Además pensé: ¿de qué puedo hablar con el diablo? Al poco tiempo le hablé, pero parecía más una entrevista que un diálogo. Ese día, antes de terminar el viaje y sin decir nada, dejé en su coche un escapulario de la 
Virgen del Carmen.

En adelante lo veía por todas partes; ya lo reconocía y, aunque siempre lo invitaba a la misa, él siempre me decía: “ahora no, algún día lo haré, tengo mis razones”.

El tiempo pasó, y cierto día un niño que esperaba en la puerta del templo me dijo que alguien me necesitaba urgentemente y que no quería irse sin antes hablar conmigo. El niño me explicó que se trataba de un enfermo grave. Entonces, rápidamente busqué todo lo necesario para la visita.

Cuán asombrado quedé cuando, al llegar a aquel lugar, descubrí que el enfermo grave que hacía varios días esperaba al sacerdote era Ramón, aquel a quien llamaban “el diablo”; un hombre del campo que había vivido situaciones humanas muy difíciles. No recordaba cuándo ni por qué le habían empezado a decir así, pero él se había acostumbrado. Ahora, postrado en una cama, padecía de un cáncer terrible
 y se acercaba a su final.

Recuerdo muy bien lo que él me dijo aquel día:
 «Padre, ¿me recuerda?
 Soy aquel que llaman “el diablo”, 
¡pero mi alma no se la dejo a él; le pertenece a Dios! 
 Por favor, ¿me puede confesar?»

Fue un momento muy especial, pero aún más cuando vi lo que apretaba en sus manos mientras lo confesaba: un escapulario; precisamente aquel que yo le había dejado en su coche. Ahora él lo portaba en su viaje a la eternidad. Luego, en aquella casa también pude ver una hoja sobre la confesión, una de aquellas que yo mismo le había dado un domingo al mediodía.

Qué grande y misterioso es Dios. Obra en silencio y con sencillez, pero además nos permite compartir con todos el don que nos ha dado.

Y ese día todo el pueblo lo comentaba 
(y también yo lo pensaba): 
¡he confesado al diablo!
Manuel Julián  Quinceno Zapata
Colombia
Y ésta para que se vea bien que por móvil no puede ser, 
aunque las mujeres
 prefieren confesarse
 en su lugar de siempre.
—————————————————————

A propósito de esta anécdota recuerdo un artículo 
que publiqué en la revista 
“Mundo Cristiano”
que titulé: Yo he estado en Los Infiernos.
 Y efectivamente, yo estuve un día en Los Infiernos. 
Se trata de una pedanía 
del Campo de Cartagena (Murcia-España),
 cercana a mi pueblo que se llama 
LOS INFIERNOS. 
Es curioso, pero allí vive un grupo de familias que,
 de por vida, han tenido que decir siempre 
que viven en los Infiernos, 
aunque estén en la gloria
 por la paz que allí se respira. 
Son ironías de la vida.
Juan García Inza
Espero que os haya gustado.
Franja.
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