jueves, 11 de septiembre de 2014

Blog católico de Javier Olivares-baionés jubilado-Baiona



Dicen que el Génesis y el Apocalipsis, alfa y omega de la literatura revelada, son metáforas. En cierto modo lo son.

¿Habría otro modo de explicar, para hombres, para niños, la creación y la regeneración del cosmos? 

También Jesucristo (palabra de Dios que se expresa con palabrillas y acentos y entonaciones humanas), para explicar qué inmensa y portentosa cosa es el Reino de los cielos, recurre a la semejanza, a la parábola, al cuentecillo fácil y de remoto parecido. 

No está, pues, fuera de lugar echar mano a la metáfora y llamar juego divino o jugada maestra de Dios a esa trama que se da entre el cielo y la tierra. Dios mismo tiene declarado que sus delicias son estar con los hijos de los hombres, y que ese deleite es lúdico: ludens in orbe terrarum, Dios juega sobre el orbe de las tierras. Dios se divierte, Dios disfruta, Dios goza con los gestos y las gestas de los hombres. ¡Dios baila con los hombres! Cuando Dios mira a su Hijo-Cristo, dice Hombre, y cuando mira a su hijo-hombre, dice Cristo. 

Si Dios leyera a los clásicos, al echarse a la cara a Terencio “Soy hombre y nada humano me es ajeno”, diría: Soy Dios y nada humano me es ajeno.

Por ello, cada vez que en ese «juego divino» el hombre fiel y fiado de Dios se extenúa, se cansa, llega a sus límites, se siente impotente y exclama «¡ya no puedo más!», ese Dios, al que nada humano le hace encogerse de hombros, interviene, se hace notar: Dios mueve sus fichas. Dios hace su jugada.
San Josemaría

El hombre de Villa Tevere
Los años romanos de Josemaría Escrivá
Pilar Urbano
Editado por Plaza & Janés
CAPÍTULO IX





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