martes, 16 de octubre de 2012

EL MITO DE LA LUCHA DE CLASES

Blog Católico de Santa María de Baiona  nº 713

Iglesia (colegiata)  parroquial de Baiona
La razón de este artículo no es pensando en la política, sino en la condición humana, que está  por encima de toda política, y porque es destinataria-la condición humana- del tratamiento correspondiente a su dignidad, inmensamente superior a la de los animales irracionales. Y esto no es meterse en política, porque lo que se busca este artículo-y con mucha claridad-  es iluminar las conciencias de los hijos de Dios, que no estamos destinados para vivir eternamente en la tierra, sino que estamos de paso y aquí nos dan una oportunidad-la vida-, para ganarnos otra vida que es muy superior a ésta y que es eterna. Y como Dios nos hizo libres, y nos manda cuidar de lo de aquí, mientras estamos aquí, hemos de partir de principios que no se pueden manipular ni por mayorías  ni por ideas, que ignoren la condición humana con transcendencia, que quiere decir que estamos de paso por esta vida hacia otra correspondiente, si vamos en buena dirección. 
El que se quiera instalar aquí se llevará un chasco a la vuelta de la esquina. Y si piensa que no hay vida después de ésta, tendrá que cuidarse mucho, porque puede llevarse un susto morrocotudo, porque la hay con certeza absoluta. Al menos, hay muchos que están en esa fe con ciencia y conciencia, porque Dios es tan buen Hacedor, que se llega a nosotros, para que le descubramos por diversos caminos o maneras y así lleguemos a la fe, como regalo a nuestra humildad de la razón. Que pregunten a los que están convencidos, que son muchos, y que pueden darles razón de su fe. Y el artículo de D. Rafael María Balbín va en esa dirección, aunque no lo diga. Franja.  

Rafael María de Balbín
(rafaelbalbin@yahoo.es)

En clave marxista, la alienación política depende de la alienación social: la dualidad de explotadores y explotados. Sólo los factores económicos de producción explicarían las clases sociales. Los factores culturales, religiosos, sociales, nacionales, etc., no cuentan. Verdaderamente es hacer violencia a la realidad social el encorsetar las variadas clases y grupos sociales en el rígido esquema dialéctico de burguesía-proletariado (explotadores-explotados). Piénsese, por ejemplo, en la aparición en tantos países de las clases medias desde mediados del siglo XIX; y a la intervención gradual del Estado en el proceso económico-social, para corregir las desigualdades más graves.

La lucha de clases, presentada por el marxismo como irremediable y como factor de progreso social, es artificiosa: un intento de adaptar la realidad social al esquema dialéctico. Es una exageración: la contraposición entre burgués y proletario es presentada como de mayor relevancia que todo aquello que une a los hombres en la común naturaleza humana.

Sí que ocurren conflictos sociales, pero estos son siempre limitados y parciales.

En cambio el marxismo presenta las categorías de burguesía y proletariado como absolutas, opuestas e inconciliables. Es como un nuevo maniqueísmo, en que el bien y el mal son el proletariado y la burguesía. La futura sociedad comunista superará esa oposición (más allá del bien y del mal). La burguesía será aplastada por el proletariado y de ahí surgirá la sociedad nueva. Habrá que pasar por una etapa intermedia, la fase socialista, que es la dictadura del proletariado. Ello daría paso a la sociedad comunista sin clases, con la abolición completa de la propiedad privada, ligada con la personalidad individual. Esa utopía es muy difícil de concebir en concreto: es como un vacío ideal de la razón atea, una sociedad en la que: “El hombre será para el hombre el ser supremo”. Para esto tendría que haber un necesario acostumbramiento de los individuos a actuar colectivamente, con una abundancia material definitiva e irreversible, con una solidaridad social espontánea y desinteresada, sin Estado y sin Derecho, como sociedad perfectamente productora-consumidora de bienes materiales. Esa meta aparece como un ideal perverso: la persona humana se diluye en un falso absoluto: la sociedad sin clases, el Hombre genérico. Ahora bien, si la Historia es dialéctica, si progresa necesariamente por luchas, cambios y oposiciones, ¿cómo podría haber un paraíso terreno definitivo?

El marxismo presenta como criterio de verdad la praxis: es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad. Pero la reciente historia social desmiente las teorías marxistas: el triunfo revolucionario no se ha producido por una auto-destrucción dialéctica del capitalismo, sino por guerra o golpe de Estado. Además se han desarrollado las clases medias (no previstas por Marx). Y el proletariado ha ido llevando a cabo numerosas conquistas sociales (aburguesamiento). No es, ni mucho menos la realidad puramente negativa de que hablaba Marx. No puede darse, por tanto, la absoluta contradicción dialéctica entre burguesía y proletariado.

El proletariado industrial no es sino una clase social, entre otras, en un determinado momento histórico. Las revoluciones que pueda hacer el proletariado serán también particulares; no la revolución total ni universal. Lo universal es la religión, la moral, la política: que se ocupan de resolver positivamente los conflictos sociales. El proletariado redentor, absolutamente negativo y contradictorio de la burguesía, no es sino uno de los varios mitos forjados y difundidos por el marxismo.

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